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Si uno hace el ejercicio de preguntarle a oficinistas a qué huele una oficina, las respuestas suelen llegar de inmediato. Alfombra. Café. Papel. Aire acondicionado. Humedad. Productos de limpieza. Madera. El interior de un clóset cerrado. Algunos recuerdan incluso el olor de una sala de juntas, un elevador o una recepción específica. Casi nadie responde “a nada”.
Y, sin embargo, pocas cosas acompañan tanto la vida cotidiana y reciben tan poca atención. Las personas reconocen el olor de una oficina con la misma facilidad con que reconocen una voz conocida o una calle habitual, pero rara vez se detienen a pensar en él.
No deja de ser llamativo. Diversos estudios² sobre calidad ambiental interior señalan que, a diferencia de variables como la iluminación, la temperatura, la acústica y la ventilación, el olfato sigue siendo uno de los aspectos menos considerados en el diseño de edificios, pese a que las personas pasan entre 80% y 95% de su vida urbana en espacios cerrados.
La escala tampoco es menor. Tan solo en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, el inventario corporativo supera los 11.4 millones de metros cuadrados, suficiente para albergar eficientemente a más de 1.2 millones de trabajadores de oficina¹.
Para una población equivalente a la de una ciudad completa, la pregunta es si esa omisión realmente importa. La evidencia más reciente sugiere que sí.
Las investigaciones² han encontrado que el olor no solo influye en la percepción de un espacio, sino también en variables asociadas con la atención, la fatiga, el estado de ánimo e incluso ciertas funciones cognitivas relacionadas con el trabajo de oficina.
La razón es particular. A diferencia de los demás sentidos, el olfato mantiene una conexión especialmente estrecha con regiones cerebrales vinculadas a la emoción y la memoria. En términos prácticos, esto significa que un aroma puede modificar la experiencia de un espacio antes incluso de que una persona formule conscientemente una opinión sobre él.
Por eso algunos sectores —hoteles, tiendas de lujo, casinos e incluso aerolíneas— utilizan aromas específicos para reforzar identidad de marca, influir en la percepción del espacio o generar asociaciones emocionales duraderas.
La evidencia también sugiere que el efecto no depende únicamente de la presencia de un aroma, sino del aroma en sí.
Un estudio reciente sobre entornos de oficina encontró que los aromas florales —como lavanda o jazmín— mostraron mejores resultados para aliviar la fatiga física y reducir la sensación de esfuerzo. En cambio, los aromas cítricos o frutales —como limón y naranja— estuvieron asociados con mejoras en atención, velocidad de ejecución, energía y estado de ánimo, particularmente en tareas con alta demanda cognitiva, mientras los aromas vinculados con bosques y maderas ayudaron principalmente a disminuir la sensación de presión temporal y estrés psicológico.
Pero eso no significa que una oficina deba mantenerse aromatizada durante toda la jornada. La recomendación no es perfumar permanentemente los espacios, sino introducir exposiciones breves, de alrededor de uno o dos minutos, después de periodos de entre 40 y 60 minutos de trabajo intenso, con el objetivo de favorecer la recuperación sin saturar a los ocupantes.
Ahora bien, la pregunta quizá no sea cuándo deberían empezar las oficinas a oler a lavanda o cítricos. La pregunta es por qué uno de los sentidos más ligados a la memoria, la emoción y el bienestar ha sido tratado durante décadas como un problema de ventilación y no como una variable de diseño.
Parte de la respuesta podría estar en la propia naturaleza del olfato. A diferencia de la temperatura, el ruido o la iluminación, las reacciones a un aroma rara vez son universales. Una misma fragancia puede evocar concentración, nostalgia o tranquilidad en algunas personas y generar incomodidad o rechazo en otras. Las oficinas, además, reúnen diariamente a cientos o miles de ocupantes con sensibilidades, preferencias y experiencias distintas.
Por ello, el mercado corporativo ha preferido históricamente controlar los olores antes que diseñarlos. Mejor filtración de aire, materiales de bajas emisiones, ventilación natural, control de humedad y certificaciones enfocadas en salud y bienestar forman parte de una estrategia orientada a eliminar estímulos indeseables más que a crear nuevos.
La discusión apenas comienza. Pero si los edificios ya se diseñan para verse mejor, escucharse mejor y sentirse mejor, quizá no resulte tan extraño que algún día también se diseñen para el olfato.
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¹ Cálculo realizado con base en más de 11.4 millones de m² de ABR corporativa en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, divididos entre 9.3 m² por empleado, superficie mínima recomendada por la Norma Técnica Complementaria para el Proyecto Arquitectónico. La cifra representa capacidad potencial de ocupación, no empleo efectivo.
² Véanse Yildirim et al. (2024, Building and Environment), Kafaei et al. (2025, Building and Environment), Spence (2020, Frontiers in Psychology) y Feng et al. (2026, Buildings).











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