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Todos reconocemos una oficina atractiva cuando la vemos, pero definir qué la hace atractiva es mucho más difícil.
Durante años, arquitectos, desarrolladores y diseñadores han debatido qué elementos vuelven atractivo un espacio. Sin embargo, una investigación reciente sugiere que detrás de decenas de atributos distintos las personas podrían estar respondiendo a sólo tres preguntas fundamentales: ¿entiendo este espacio?, ¿me siento cómodo en él? y ¿quiero explorarlo?
Los investigadores analizaron 16 variables distintas utilizadas para describir espacios interiores, desde belleza y comodidad hasta organización, interés y familiaridad. A pesar de esa diversidad, encontraron que entre el 76% y el 90% de las diferencias en la forma en que las personas evaluaban un espacio podían explicarse mediante sólo tres dimensiones psicológicas: coherencia (coherence), fascinación (fascination) y sensación de hogar (hominess). Dicho de otra manera, las personas parecían evaluar los entornos a partir de qué tan fácil resultaba orientarse en ellos, qué tan cómodos resultaban y qué tanto despertaban su curiosidad.
En ese contexto, la belleza no apareció como una categoría independiente. En el análisis estadístico, las percepciones de belleza tendieron a mezclarse con las demás dimensiones,
lo que sugiere que la belleza podría ser menos una característica del diseño y más una consecuencia de cómo las personas experimentan un espacio.
Los resultados también ayudan a entender por qué algunos elementos arquitectónicos aparecen una y otra vez en oficinas, centros comerciales, hoteles y otros espacios contemporáneos. Entre las tres dimensiones, la fascinación fue la que mostró una relación más estrecha con el diseño físico del entorno. En consecuencia, los espacios con mayor riqueza visual tendieron a despertar más interés y a generar una experiencia más acogedora para quienes los observaban.
La observación resulta llamativa porque contradice cierta preferencia por los entornos extremadamente minimalistas, pues más que sugerir que menos elementos producen mejores espacios, los datos apuntan a que cierto nivel de complejidad visual podría ser necesario para mantener el interés.
Así pues, la cuestión deja de ser qué hace bello a un espacio y pasa a ser qué características son capaces de generar esa percepción.
La apertura de los espacios resultó particularmente relevante. Entre las características analizadas, fue una de las pocas que mostró efectos significativos sobre las tres dimensiones al mismo tiempo. De modo que los espacios más abiertos no sólo tendieron a percibirse como más interesantes, sino también como más fáciles de comprender y más cómodos para quienes los experimentaban.
Más allá de la belleza, el atractivo de las oficinas adquiere relevancia en un momento en que estos espacios ya no compiten únicamente contra otros corporativos, sino también contra el hogar. Tras la expansión del trabajo híbrido y remoto, especialmente después de la pandemia, la experiencia del ocupante se ha convertido en uno de los principales argumentos para justificar el regreso a los espacios corporativos.
En el caso mexicano, donde la tasa de disponibilidad en los principales corredores de oficinas todavía supera el 16%, reflejo de una absorción que se ha estabilizado durante el último año y un desarrollo de nuevo inventario que avanza a un ritmo más moderado que hace tres años, comprender qué hace atractivo un espacio deja de ser una cuestión exclusivamente estética para convertirse también en una ventaja competitiva capaz de influir en la ocupación, la permanencia y el retorno de sus usuarios.
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