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En obra gris, en blanco o con acabados neutros, muchos espacios corporativos llegan al mercado como un lienzo disponible para el siguiente ocupante. La lógica es clara: mientras menos definido esté el espacio, más fácil será adaptarlo a la marca, la distribución y las necesidades de cada empresa. Pero esa neutralidad abre una pregunta menos obvia: una vez que la empresa ocupa el espacio, ¿importa realmente el color de una oficina?
La respuesta corta es sí. La respuesta completa es bastante más complicada. Durante décadas, diseñadores, psicólogos ambientales y arquitectos han buscado entender si ciertos colores pueden mejorar el ánimo, la concentración o la productividad. La evidencia disponible sugiere que el color sí influye en la experiencia de trabajo, pero también que su efecto suele ser más limitado y dependiente del contexto de lo que muchas veces se afirma.
Diversos estudios¹ han encontrado asociaciones relativamente consistentes entre ciertos colores y estados psicológicos específicos. Los ambientes predominantemente azules suelen relacionarse con sensaciones de calma y apertura, mientras que los rojos tienden a incrementar el estado de alerta y la activación fisiológica. Otros colores, como el verde, suelen asociarse con la naturaleza y la recuperación del estrés. Incluso los espacios predominantemente blancos han sido asociados en algunos estudios con un mayor número de errores en tareas de oficina, aunque investigaciones posteriores sugieren que ese efecto podría deberse más a la menor complejidad visual del entorno que al color blanco en sí.
Traducir esas respuestas psicológicas en un mejor desempeño laboral, sin embargo, ha resultado mucho más difícil. La evidencia muestra que el efecto del color depende simultáneamente del tiempo de exposición, del tipo y la complejidad de la tarea, de la capacidad de cada persona para filtrar estímulos irrelevantes y del resto de los elementos que conforman el ambiente visual, como el contraste, la saturación o la cantidad de información presente en el espacio. En consecuencia, la evidencia disponible no respalda la existencia de un color universalmente óptimo para las oficinas. Más bien, sugiere que un mismo esquema cromático puede favorecer o dificultar una actividad dependiendo de la tarea, de quién la realiza y del entorno.
Eso significa que el diseño de una oficina funciona como un sistema donde iluminación, materiales, vegetación, distribución, vistas al exterior, acústica y color interactúan entre sí para construir la experiencia del espacio. Por tanto, modificar uno de esos elementos puede cambiar la percepción del ambiente, pero difícilmente compensará las deficiencias de los demás.
En la práctica, lo anterior implica que la elección del color difícilmente debería ser la primera decisión de diseño. Antes que definir una paleta cromática, conviene determinar qué actividades realizará el espacio, cuánto tiempo permanecerán las personas en él y qué experiencia busca generar la empresa. Sólo entonces el color puede utilizarse para reforzar esos objetivos.
La misma lógica aplica a los colores corporativos. La evidencia sugiere que funcionan mejor cuando forman parte de una estrategia integral de diseño, por lo que, en lugar de dominar todo el espacio, pueden utilizarse para reforzar la identidad de la organización, diferenciar áreas o destacar elementos específicos, mientras el resto del ambiente responde a las actividades que allí se desarrollan.
Quizá la conclusión más relevante sea que una oficina dejó de entenderse como un simple contenedor de trabajo. Si las personas representan cerca del 90% de los costos operativos de una organización, como estima el World Green Building Council, resulta lógico que las decisiones capaces de influir en su bienestar y desempeño, incluido el diseño del espacio, hayan adquirido una dimensión económica, además de arquitectónica.
La próxima vez que una empresa busque oficina entre los 1.7 millones de metros cuadrados disponibles en los principales mercados corporativos de México, quizá la pregunta no sea sólo cuántos metros necesita, sino qué tipo de espacio quiere construir dentro de ellos.
Para conocer la disponibilidad de oficinas en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, consulta SiiLA Market Analytics o escríbenos a contacto@siila.com.mx.
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¹ Véanse Kwallek et al. (1997), Impact of Three Interior Color Schemes on Worker Mood and Performance Relative to Individual Environmental Sensitivity (estado de ánimo y desempeño en oficinas con distintos esquemas de color); Kwallek et al. (2007), Work Week Productivity, Visual Complexity, and Individual Environmental Sensitivity in Three Offices of Different Color Interiors (productividad, complejidad visual y diferencias individuales); Ulrich et al. (1991), Stress Recovery During Exposure to Natural and Urban Environments (recuperación del estrés en entornos naturales y urbanos); Ohly et al. (2016), Attention Restoration Theory: A Systematic Review of the Attention Restoration Potential of Exposure to Natural Environments (revisión sistemática sobre restauración de la atención en entornos naturales); Xia et al. (2016), Exploring the Effect of Red and Blue on Cognitive Task Performances (efecto de los colores rojo y azul sobre el desempeño en tareas cognitivas).











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