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La oficina más productiva no siempre es la más silenciosa. De hecho, la evidencia científica¹ sugiere que uno de los principales enemigos de la productividad en una oficina abierta ni siquiera es el ruido, sino la capacidad de entender lo que dicen los demás.
La razón es que el cerebro no procesa todos los sonidos de la misma manera. Mientras el zumbido del aire acondicionado, el tecleo o el tráfico exterior pueden convertirse con el tiempo en parte del fondo, una conversación comprensible activa automáticamente los mecanismos encargados de procesar el lenguaje. Como resultado, una parte de nuestra atención se desvía hacia ella, incluso cuando intentamos ignorarla.
Paradójicamente, un ambiente completamente silencioso también puede facilitar que las conversaciones cercanas destaquen con mayor claridad. Cuando eso ocurre, la voz se vuelve más inteligible y aumenta la probabilidad de que el cerebro empiece a procesarla de forma involuntaria.
Ese hallazgo ha cambiado la manera de diseñar la acústica de las oficinas. En lugar de eliminar todo el sonido posible, muchas estrategias buscan reducir la inteligibilidad del habla mediante una combinación de materiales absorbentes, barreras físicas y sonido de fondo cuidadosamente controlado.
Por esa razón, los sistemas de enmascaramiento acústico no reproducen cualquier sonido. Están diseñados para actuar sobre el rango de frecuencias donde se concentra la voz humana —aproximadamente entre 500 y 4,000 Hz—, dificultando la comprensión de las conversaciones sin afectar el confort acústico del espacio.
Esa idea ya ha sido probada experimentalmente. Un estudio publicado en Applied Acoustics² encontró que un sistema de enmascaramiento acústico basado en sonidos naturales —como agua y aves— redujo la molestia causada por las conversaciones, el esfuerzo mental, la frustración y la presión de tiempo percibida, además de mejorar la percepción de desempeño. Las mediciones cerebrales también mostraron una menor carga cognitiva y un control atencional más eficiente.
Pero si el problema no es el sonido, sino la información que transporta, surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre con la música?
La conclusión es mucho menos contundente de lo que suele suponerse. Hasta ahora, la evidencia no muestra que la música de fondo mejore, por sí sola, la productividad. Un metaanálisis³ que reunió 97 estudios en adultos encontró que su efecto promedio sobre el desempeño es prácticamente nulo cuando se consideran todas las tareas en conjunto. Sin embargo, ese promedio oculta diferencias relevantes. Cuando los resultados se analizan por tipo de actividad, la música tiende a perjudicar tareas que dependen de la lectura, la memoria y el procesamiento verbal, mientras que puede favorecer el estado de ánimo y el rendimiento en actividades motoras o repetitivas. En otras palabras, la cuestión no es si la música funciona, sino para quién, en qué contexto y para qué tipo de trabajo.
Entonces, ¿por qué tanta gente siente que trabaja mejor con música?
Parte de la respuesta parece encontrarse fuera de la productividad misma. Diversas investigaciones⁴ sugieren que escuchar música no mejora directamente el desempeño laboral, sino que ayuda a reducir el estrés. Cuando esa disminución ocurre, la productividad tiende a aumentar como consecuencia y no como efecto inmediato de la música.
Esa interpretación coincide con los resultados observados por investigadores de la Universidad de Windsor⁵ tras seguir durante cinco semanas a desarrolladores de software. Cuando los participantes dejaron de escuchar la música que normalmente utilizaban mientras trabajaban, disminuyó su estado de ánimo positivo, evaluaron peor la calidad de su trabajo y tardaron más tiempo en completar sus tareas. Al restablecer la música, esos indicadores mejoraron nuevamente. Los autores concluyen que el beneficio parece depender menos de la música en sí que de su capacidad para favorecer un estado emocional adecuado y de permitir que cada trabajador elija qué escuchar y cuándo hacerlo.
En conjunto, la evidencia apunta en una dirección distinta a la intuición. La productividad en una oficina no depende de eliminar todos los sonidos ni de llenar el espacio de música, sino de reducir aquellas distracciones que obligan al cerebro a procesar información innecesaria. En ese sentido, el desafío dejó de ser cómo crear espacios más silenciosos y pasó a ser cómo lograr que el sonido trabaje a favor de quienes los ocupan.
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¹ Fuentes: Mak et al., Effects of sound on office productivity, 2012; Yadav et al., Auditory Distraction in Open-Plan Office Environments: The Effect of Multi-Talker Acoustics, 2017; World Green Building Council, Health, Wellbeing & Productivity in Offices, 2014.
² Véase Solorio et al., Neurophysiological and perceptual insights into the benefits of natural sound masking in open-plan offices, 2026
³ Véase Kämpfe, Sedlmeier y Renkewitz, The impact of background music on adult listeners: A meta-analysis, 2011.
⁴ Fuentes: Haake, Individual Music Listening in Workplace Settings: An Exploratory Survey of Offices in the UK, 2011; Sahasrabudhe et al., Harmonizing Workplace: Exploring the Effect of Music Consumption on Workplace Stress and Productivity, 2024.
⁵ Véase Lesiuk, The Effect of Music Listening on Work Performance, 2005.











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