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Todo lo que define este siglo —desde un misil hipersónico hasta una licuadora— tiene un chip en su núcleo. Y aunque pueden llegar a pesar menos que un cabello, inclinan el tablero de la geopolítica mundial. Sin embargo, ningún país los fabrica por entero, y ninguno puede prescindir de ellos. Y esa interdependencia, que alguna vez fue celebrada como virtud técnica, hoy se revela como su grieta más profunda. Porque los chips no son solo tecnología: son geografía, diplomacia, seguridad nacional y poder. Y en este escenario, la pregunta no es quién compite, sino quién dicta el orden.
Antes de tocar un dispositivo, un chip pasa por cuatro manos: la de los países que extraen sus materiales, y las de quienes lo diseñan, lo fabrican, lo prueban y lo empaquetan.
Todo empieza bajo tierra. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, China produce cerca del 86% del silicio, galio y germanio que dan cuerpo a los chips, mientras Ucrania provee el 70% del gas neón que permite grabar sus circuitos con luz. A esa base se suman minerales esenciales para la conducción eléctrica y la arquitectura interna —arsénico, antimonio, boro, cobalto, cobre, fósforo, tántalo y tungsteno— extraídos sobre todo en Brasil, Congo, Perú, Turquía y la propia China.
Pero extraer no es inventar. Ningún chip sale del suelo por sí solo. Primero hay una idea, y luego, un diseño. Eso ocurre lejos de las minas, en escritorios sin polvo ni calor, donde firmas como Nvidia, Apple, AMD o Qualcomm imaginan la arquitectura de cada circuito. En esa etapa, el liderazgo es claro: las empresas estadounidenses diseñan más de la mitad de los chips mundiales, seguidas —muy de lejos— por coreanas, taiwanesas y japonesas, de acuerdo con Statista.
Con el diseño y los materiales listos, llega el momento de fabricar. Y ahí, el poder cambia de manos. Taiwán —casi por completo gracias a TSMC— fabrica alrededor del 70% de los chips del mundo, según Boston Consulting Group, Counterpoint Research y World Population Review. Corea del Sur le sigue con un 13%, impulsada por Samsung. China y Estados Unidos, en cambio, rondan apenas el 6% cada uno.
Pero en los procesos más avanzados —chips de menos de 10 nanómetros, esenciales para inteligencia artificial y defensa— el reparto es más cerrado: Taiwán produce el 60%, Estados Unidos el 14% y Corea el 12%. Y en los chips menos complejos y comunes, China gana terreno: fabrica el 36%, justo detrás de Taiwán, que lidera con el 44%. Todo eso, sin embargo, depende de piezas aún más escasas: las máquinas de litografía extrema de la empresa ASML, en Países Bajos, y los químicos ultrapuros que solo Japón puede producir a escala.
Una vez fabricados, los chips deben ser ensamblados, probados y empaquetados antes de llegar a un dispositivo. Y ese paso final también está fragmentado. Más de la mitad de este mercado global —llamado OSAT, por sus siglas en inglés— se concentra en compañías taiwanesas, según datos de TrendForce. China, Corea, Estados Unidos, Filipinas, Malasia, y Vietnam completan el podio. Y aunque ninguno domina por completo, todos son piezas clave.
Pero si ningún país fabrica un chip por completo, y todos dependen de todos para hacerlo, ¿qué tan lejos puede estar el colapso? Menos de quince naciones sostienen los eslabones críticos de la cadena, pero no más de cinco toman las decisiones que pueden detenerla por completo.
La respuesta ya empezó a mostrarse: primero fue la pandemia, que paralizó fábricas; luego la guerra en Ucrania, que recortó el suministro de gas neón; siguieron las restricciones de Estados Unidos, Japón y Países Bajos sobre maquinaria clave para China, que respondió restringiendo las exportaciones de galio y germanio; el Estrecho de Taiwán —por donde pasa más del 90% de los chips avanzados— permanece bajo amenaza constante; y ahora, la ofensiva israelí en Palestina añade inestabilidad a una región clave para pruebas y manufactura.
Cada uno de estos eventos no solo tensiona el sistema: lo empuja al borde. Pero esa fragilidad no es nueva: es el reflejo de un cambio más profundo.
Durante las últimas tres décadas, la producción de chips se desplazó del Atlántico al Pacífico. En 1990, Europa y Estados Unidos fabricaban más de tres cuartas partes de los semiconductores del mundo. Hoy, no alcanzan ni un tercio. En su lugar, Asia consolidó su hegemonía: Taiwán y Corea del Sur crecieron sobre bases tecnológicas; China —aunque más volátil— irrumpió con fuerza en volumen; y Japón mantuvo su sitio, pero sin el liderazgo de antes.
Sin embargo, bajo la sombra de las potencias, otro mapa empieza a emerger. Países sin peso histórico están ganando terreno en eslabones clave. Vietnam, Malasia y Filipinas se consolidan en pruebas y empaquetado. India, con respaldo estatal, busca escalar del diseño al silicio. Y en África, Congo y Ruanda resguardan minerales que nadie más tiene.
También destaca América Latina, no por lo que diseña, sino por lo que provee. Brasil y Perú concentran minerales clave como tántalo, fósforo, cobre, boro y arsénico. México, en cambio, avanza como nodo logístico y de ensamblaje.
Según el Servicio Geológico de Estados Unidos y World Population Review, la región aporta cerca del 18% de los minerales esenciales para fabricar semiconductores, aunque solo concentra el 2% de las plantas vinculadas. Pero esa balanza comienza a inclinarse. En países como México y Brasil —donde la industria tecnológica representa apenas entre el 1% y el 2% del inventario industrial, de acuerdo con SiiLA— ya hay señales de transformación.
Recientemente, Foxconn anunció la construcción de una planta en México enfocada en el chip GB200, diseñado para servidores de inteligencia artificial; y en Brasil, Zilia Technologies comprometió 650 millones de reales —unos 120 millones de dólares— para ampliar su producción de chips, mientras el Senado aprobó un programa nacional de semiconductores que busca convertir al país en un actor clave en pruebas y encapsulado.
No son hechos aislados. En los últimos cinco años, México ha duplicado su número de inquilinos tecnológicos en su mercado industrial, y Brasil ha registrado un crecimiento superior al 20%, según cifras de SiiLA. Pero crecer no basta, pues aumentar metros, inversiones o inquilinos no equivale a cambiar de rol.
Si bien América Latina forma parte de la cadena productiva, aún no tiene asiento en la mesa, porque produce lo que otros procesan, transporta lo que otros ensamblan y ofrece suelo sin decidir el rumbo. Y aunque su participación crece, el mapa no se redibuja con presencia, sino con poder.
Así, el dilema no es si puede entrar a la carrera tecnológica, sino bajo qué términos: como proveedora funcional o como actor soberano. Y el riesgo es claro. Si su infraestructura industrial no evoluciona al ritmo de su ambición, si no convierte su abundancia en posición estratégica, quedará atrapada entre dos fuegos: útil, pero sin mando; clave, pero sin control.
Porque en la geopolítica del chip, el margen no está en lo que se extrae, sino en lo que se controla; y no gana quien produce más, sino quien puede hacer que el resto se detenga.
Para conocer más sobre el comportamiento del mercado industrial en Latinoamérica y su papel en la nueva geografía del poder, visita SiiLA REsource o escríbenos a contacto@siila.com.mx.











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