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Las oficinas modernas son cada vez más altas. Durante buena parte del siglo XX, una altura libre cercana a 2.6 metros era considerada suficiente para una oficina moderna. Hoy, muchos de los edificios corporativos más recientes superan los 3.3 metros e incluso algunas áreas ejecutivas se acercan a los cuatro metros.
Parte de la explicación se encuentra en el diseño. Los techos más altos generan una mayor sensación de amplitud, permiten que la luz natural penetre más profundamente en los espacios y complementan los esquemas de planta abierta que dominan las oficinas contemporáneas. Sin embargo, la altura podría influir en algo más que la experiencia visual del espacio.
Una investigación académica publicada en el Journal of Consumer Research (2007) sugiere que la distancia entre el piso y el techo puede modificar la forma en que las personas procesan información, resuelven problemas e interactúan con su entorno debido a la sensación psicológica que producen. En términos generales, los espacios más altos tienden a generar sensación de libertad y asociarse con pensamiento abstracto, exploración y creatividad, mientras que los más bajos generan sensación de confinamiento, lo que parece favorecer una mayor atención al detalle y tareas analíticas.
Los hallazgos resultan llamativos porque sugieren que dos oficinas con la misma iluminación, mobiliario y tecnología podrían fomentar comportamientos distintos simplemente por la altura de sus techos. Esto, empero, sólo ocurre cuando los ocupantes son conscientes de la altura del espacio. Según los investigadores, el efecto tiende a desaparecer cuando el techo deja de formar parte de la experiencia perceptible del entorno.
Lo anterior plantea una pregunta práctica: ¿qué hace que una oficina se perciba como alta? Más allá de los metros de altura, elementos como las visuales abiertas, los atrios, las dobles alturas, la exposición de instalaciones o la ausencia de plafones pueden hacer más evidente la dimensión vertical de un espacio y reforzar la sensación de amplitud.
Curiosamente, muchas de estas características pueden encontrarse en algunos de los edificios corporativos más emblemáticos de México. La Torre Mayor y la Torre Reforma en la Ciudad de México, por ejemplo, fueron diseñadas con alturas entre losas cercanas a los cuatro metros. En comparación, la regulación local establece alturas libres mínimas de entre 2.3 y 3.0 metros para oficinas, dependiendo de la densidad de ocupación.
La tendencia no se limita a unos cuantos inmuebles icónicos. Tan sólo entre Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey existen más de 11.4 millones de metros cuadrados de oficinas, de los cuales más de 8.5 millones se encuentran ocupados por cerca de 5,000 empresas. Del espacio ocupado, alrededor del 85% corresponde a edificios Clase A y A+, categorías donde suelen concentrarse los estándares más recientes de diseño corporativo.
Si los hallazgos observados por los investigadores son correctos, la evolución de esas y muchas otras oficinas modernas plantea una paradoja: mientras la arquitectura corporativa tiende a estandarizar las condiciones espaciales para maximizar eficiencia y flexibilidad, las actividades que ocurren dentro de una organización rara vez responden a una sola forma de trabajo.
Después de todo, la generación de ideas, la planeación estratégica, el análisis de información o la revisión de detalles requieren habilidades distintas. Vista desde esa perspectiva, la cuestión ya no es únicamente qué tan alta debe ser una oficina, sino si una misma configuración espacial puede responder de igual manera a necesidades cognitivas diferentes.
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