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En 2026, la industria en México no enfrenta un problema de producción, sino de decisión, pues los pedidos siguen llegando, pero la inversión para crecer se enfría. Ahí aparece la verdadera duda: si la industria dejó de confiar en la demanda actual para justificar nuevas inversiones.
Esa duda se empieza a responder en la forma en que están invirtiendo las empresas. En enero, la inversión fija cayó 2.2% anual, pero el ajuste se concentró en los componentes ligados a la capacidad productiva, donde la inversión en maquinaria y equipo retrocedió 8.0% y la construcción creció impulsada por vivienda, dejando prácticamente sin movimiento a la no residencial, de modo que el capital sigue fluyendo, pero se aleja de los rubros que sostienen aumentos en la producción.
La misma lógica se extiende a la forma en que están operando las empresas. En marzo, el Indicador de Pedidos Manufactureros del INEGI se ubicó en 51.2 puntos, por encima del umbral de expansión, y el empleo y los inventarios se mantuvieron por debajo de ese nivel, lo que indica que las empresas están atendiendo la demanda con lo que ya tienen, sin ampliar su estructura ni acumular insumos, con un enfoque en el corto plazo.
Esa forma de operar coincide con una señal desde la demanda. El consumo privado se mantiene, pero pierde impulso en el margen y, sobre todo, cambia de composición: mientras el gasto en bienes importados registra un crecimiento de doble dígito, el consumo de bienes nacionales se mantiene prácticamente estancado. En conjunto, los datos muestran que la demanda sigue sosteniendo la actividad empresarial, pero cada vez menos alineada con el dinamismo de los sectores productivos, lo que limita su capacidad para detonar nuevas decisiones de inversión.
Por eso, la evaluación sobre si es el momento adecuado para invertir se mantiene en niveles desfavorables, en un entorno donde la actividad se sostiene, pero sin la visibilidad necesaria para el mediano plazo ni un impulso claro de crecimiento.
Todo esto tiene una implicación directa en la forma en que se ocupa el espacio industrial.
La necesidad de nuevos metros deja de crecer al mismo ritmo y el mercado comienza a ajustarse a una lógica de eficiencia. En ese entorno, la absorción pierde velocidad, la disponibilidad deja de comprimirse y una parte cada vez mayor de la actividad se apoya en el uso de la capacidad existente, con mayor peso de la rotación y de decisiones más selectivas.
Los datos del mercado industrial aterrizan este ajuste. Al cierre de 2025, la absorción registró una caída de 13% en términos brutos y de 22% en netos, y en manufactura la desaceleración fue aún más pronunciada, con caídas de 27% y 45%, respectivamente. Aun así, la disponibilidad se mantiene por debajo del 5%, lo que confirma un ajuste sin señales de deterioro en el mercado.
En ese punto, la inversión persiste, pero bajo criterios más estrictos. A partir de ahí, la actividad deja de traducirse automáticamente en expansión y el crecimiento pierde dependencia de la incorporación de nueva capacidad.
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