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En la superficie, todo parece igual. Las vitrinas siguen iluminadas, los centros comerciales, llenos. Pero algo ha cambiado. Ya no es el ruido lo que llena los pasillos, sino el cálculo. Las marcas se mueven, pero con menos prisa. Las familias compran, pero con más cuidado. Y en un país donde el consumo es el motor, ese cambio de ritmo lo altera todo.
Aunque el consumo privado en México sigue elevado, su impulso se agota. Entre el primer cuatrimestre de 2020 y 2021 —impulsado por la reapertura y el rebote pospandemia— creció 25.1% anual compuesto, según el INEGI. Desde entonces, la curva pierde fuerza: 4.7% en 2022, 3.4% en 2023, 4.3% en 2024 y apenas 0.7% en 2025.
No hay desplomes, pero sí señales de fatiga. Tres claves lo explican: menor consumo de bienes importados —por pérdida de poder adquisitivo o mayores costos—; estancamiento en bienes nacionales —presionados por inflación y altas tasas—; y caída en la demanda de servicios —ligados a la formalidad— justo cuando crece el empleo informal.
Este freno no es casual; es precaución ante una confianza que se debilita. En 2025, los hogares miran con escepticismo su situación económica y la del país. El Índice de Confianza del Consumidor, aunque se mantiene sólido, ha caído frente a 2024, arrastrado por dos factores: la expectativa de que la economía nacional empeore en un año y la percepción de que no es buen momento para adquirir bienes duraderos.
Esa precaución no solo se mide en encuestas: se camina. En los centros comerciales, las tiendas siguen abiertas, pero los pasos son más lentos, más pocos, más breves. Según Progen, la afluencia creció apenas 3.1% en los primeros meses de 2025, menos de la mitad de lo registrado en cada trimestre de 2024.
Ante un consumidor más reservado, las marcas ajustan el paso. En los principales mercados de retail —Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara— la ocupación ya supera el 90% y sigue al alza. No por una expansión acelerada, sino porque hay poco inventario nuevo y, aunque la absorción bruta se ha desacelerado 27.6% anual compuesto desde 2021, aún supera a las salidas. El resultado no es euforia, sino puntería: menos metros, mejor elegidos.
En este escenario, el reto no es resistir, sino adelantarse. Construir portafolios donde cada activo no solo reciba visitas, sino que las provoque. Reposicionar centros envejecidos, absorber funciones públicas —salud, trámites, educación— y aliarse con marcas capaces de sostener flujo y ticket en tiempos de frugalidad.
No se trata de diversificar por reflejo, sino de concentrar con intención: apostar por formatos híbridos —conveniencia, entretenimiento, logística— que anclen el gasto necesario cuando el aspiracional se enfría. Elegir ubicaciones que no compitan por deseo, sino que impongan presencia por lo que devuelven: tiempo, cercanía, pertenencia. Porque en esta etapa, quien no se inserte en el pulso funcional del día —quien no se vuelva hábito— terminará atrapado en vitrinas llenas, pero flujos vacíos.
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