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Del acero que se funde en Minas Gerais hasta las líneas de ensamble del Valle de México, el mapa industrial del continente se reajusta bajo la presión de los nuevos aranceles de Estados Unidos. Y así hoy, firmas brasileñas se expanden en México para sortear el conflicto comercial.
Las primeras en moverse han sido las siderúrgicas y manufactureras brasileñas, que ya ajustan su presencia para sostener su acceso al mercado norteamericano. Entre ellas, WEG y Gerdau, dos gigantes que contemplan invertir cerca de 900 millones de dólares en México.
El detonante fue político. Entre julio y septiembre de 2025, la Casa Blanca elevó de 10-25% a 50% los aranceles al acero y otros bienes brasileños, invocando razones de seguridad nacional y reciprocidad comercial. Solo quedaron exentos los sectores estratégicos: aeronáutica, energía, fertilizantes y minerales básicos.
Por ahora, el impacto no es visible a gran escala, aunque eso no significa que no llegue a serlo. A la fecha, las empresas brasileñas representan cerca de uno de cada doscientos metros cuadrados en los principales mercados industriales del norte, centro y Bajío de México. Su presencia, sin embargo, continúa expandiéndose. Según SiiLA, entre el tercer trimestre de 2024 y 2025 su área bruta rentable aumentó 3%, un ritmo menor al 7% registrado un año antes, cuando el sector se adelantó a las revisiones arancelarias al acero y aluminio brasileños. En ese periodo, WEG amplió su infraestructura en el centro del país, sumando más de 24,000 metros cuadrados para fortalecer su capacidad de producción orientada a Estados Unidos.
La reconfiguración no solo se explica por los aranceles, sino también por la magnitud del papel que Brasil ocupa en la cadena productiva continental. México y Estados Unidos dependen en buena medida de su industria: el primero, por las importaciones de vehículos y autopartes, así como de insumos siderúrgicos, animales vivos y productos agroalimentarios —en particular soya y otras oleaginosas—; el segundo, por su suministro de bienes aeronáuticos y agroindustriales —azúcar, café, etanol, jugos y pulpas—, además de hierro y acero semiacabado, y minerales estratégicos como asbesto, alúmina, arcilla y niobio, esenciales para las industrias metalúrgica, tecnológica y de defensa.
Esa interdependencia explica por qué, incluso en medio de las tensiones arancelarias y la incertidumbre comercial que ralentiza algunos capitales, las empresas brasileñas buscan acercarse más que alejarse. En julio, la Cámara Brasil México confirmó que al menos 42 compañías planean abrir mercado en el país por primera vez. Un flujo que no resulta excepcional —si se considera que, en promedio, por cada empresa mexicana que cruza hacia Brasil hay 21 brasileñas buscando instalarse en México—, aunque sí reafirma la posición de México como destino industrial clave, tanto por su demanda interna como por su capacidad exportadora.
“La relación comercial entre México, Brasil y Estados Unidos siempre ha sido triangular”, explica José Ignacio Martínez, coordinador del Laboratorio de Análisis en Comercio, Economía y Negocios. Esa triada opera sobre cadenas compartidas —especialmente en siderurgia y automotriz— que ensamblan en un país y terminan de procesarse en el otro, según convenga producir, transportar y exportar en cada momento.
En ese equilibrio, “si bien los aranceles estarían impactando a México, los costos de logística estarían impactando a Brasil. Es aquí donde se puede dar una gran oportunidad de creación de comercio entre México y Brasil”. De hecho, “paradójicamente, los aranceles de Trump dirigidos a México y Brasil pueden provocar una fuerte complementación entre ambas economías y abrir espacio para una estrategia común desde el sur global”.
Actualmente, en México operan unas 716 firmas brasileñas. Su dinamismo, empero, no solo se mide en la cantidad instalada, sino en la diversificación de su huella.
Según la Secretaría de Economía, entre mediados de 2024 y 2025, el número de compañías con inversión extranjera directa activa desde Brasil creció 22%, hasta superar las 650. Pero ese aumento no se tradujo en más capital, sino en una expansión de estructuras internas. En el mismo periodo, la inversión total cayó 41% anual, arrastrada por la menor llegada de nuevos proyectos y una baja en la reinversión de utilidades. El desfase sugiere que muchas de las nuevas registradas no fueron empresas recién llegadas, sino filiales, subsidiarias o vehículos operativos de grupos ya presentes, que reorganizaron su presencia —incluso mediante fusiones— sin necesidad de grandes desembolsos, lo que apunta más a una reingeniería operativa que a una apuesta especulativa. La hipótesis se refuerza al observar la tendencia de largo plazo: en los últimos cinco años, la IED brasileña ha crecido a una tasa compuesta de 3.6% anual, impulsada sobre todo por la continuidad de quienes ya estaban.
Aun así, sectores estratégicos —como químicos básicos y equipo eléctrico vinculado a la industria aeronáutica, exentos de los aranceles más severos— duplicaron su inversión respecto al año anterior. Esa excepción no es menor: revela dónde está la oportunidad real, en un contexto en el que las importaciones brasileñas hacia México y Estados Unidos han crecido a tasas compuestas anuales reales de 5% y 8%, lo que prueba que, pese al ruido político, la demanda estructural por ciertos bienes se mantiene firme y seguirá beneficiando la integración productiva entre México, Brasil y Estados Unidos.
Para entender a profundidad el movimiento empresarial detrás de esta expansión —y consultar el listado completo de empresas brasileñas activas en el mercado inmobiliario industrial mexicano— accede a SiiLA Market Analytics o escríbenos a contacto@siila.com.mx.











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