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Un centro de datos es una nave llena de servidores que mantiene encendida la parte invisible de la economía. En México son cada vez más, pero el problema ya no es su crecimiento, sino la infraestructura que puede sostenerlos y el cambio que eso introduce en el uso del espacio industrial.
En ese contexto, KIO Data Centers avanza con la construcción de MEX8 en la Ciudad de México, su decimosegundo centro en el país. Proyectado para 2027, el complejo sumará 4 MW de capacidad y se integrará a una red que ya supera los 55,000 metros cuadrados industriales en operación.
México cuenta con alrededor de 170 centros de datos, la mayor cantidad en América Latina. Sin embargo, su capacidad instalada sigue siendo menor en términos relativos: las proyecciones apuntan a cerca de 431 MW, el principal indicador de la escala operativa del sector, por debajo de mercados como Brasil, que ya superan los 700 MW. A nivel global, la brecha es aún más evidente. Regiones estadounidenses como Northern Virginia superan por sí solas los 4.9 GW —más de diez veces la escala proyectada para México.
Esa diferencia no responde a una falta de demanda, sino a los límites que impone la infraestructura. Energía disponible, agua para enfriamiento y estabilidad en la red eléctrica definen el ritmo de expansión, desplazando la escala de una decisión de mercado a una restricción física, puesto que no todos los terrenos pueden alojar un centro de datos, y no todas las ciudades pueden crecer al mismo ritmo.
Esto altera la lógica del mercado industrial. A diferencia de la manufactura, su ubicación no responde a costos logísticos ni a mano de obra, sino a la disponibilidad de energía y a la estabilidad de la red. Así, el valor del suelo deja de medirse por su acceso a cadenas productivas y empieza a definirse por su capacidad de sostener infraestructura crítica.
Aun con estas limitaciones, el crecimiento proyectado es significativo. De acuerdo con Mordor Intelligence, el mercado de centros de datos en México crecerá a una tasa compuesta anual de 13.7% entre 2026 y 2031, mientras que la capacidad de procesamiento —medida en carga de TI— lo hará a un ritmo cercano al 19%, pasando de 0.5 a 1.3 gigavatios hacia el final de la década.
Más que una expansión en número de instalaciones, esto apunta a una mayor densidad operativa por sitio.
El impulso detrás de este crecimiento no proviene de una sola fuente. La expansión de la nube por parte de grandes operadores como Google y Microsoft, la necesidad de baja latencia en servicios digitales y las exigencias regulatorias sobre la residencia de datos están empujando la demanda hacia dentro del país. Esa presión ya se observa en la geografía del mercado. Mientras Querétaro se consolida como el principal nodo de capacidad, emergen nuevas ubicaciones en la frontera norte y la costa del Golfo, donde la disponibilidad de energía y conectividad empieza a redistribuir la infraestructura.
A partir de ahí, la lectura cambia.
Durante años, la digitalización insinuó que el valor se volvería menos dependiente del territorio —más nube, más software, menos fricción material—, pero la infraestructura que la sostiene apunta en sentido contrario: mientras más invisible se vuelve la economía para el usuario, más exigente se vuelve el espacio que la hace posible.
Como esa capacidad no está distribuida de forma homogénea, la economía digital —que en apariencia democratiza el acceso— puede terminar concentrando más poder en los pocos nodos capaces de sostenerla. Ahí se perfila el siguiente filtro del crecimiento: no quién quiere expandirse, sino dónde es posible hacerlo.
Para más análisis y datos del mercado industrial en México, consulta SiiLA Market Analytics o escríbenos a contacto@siila.com.mx.











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