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En el mercado corporativo, las oficinas más caras suelen estar perfectamente diseñadas. La iluminación, la acústica, la temperatura y hasta el recorrido entre el elevador y la estación de trabajo están calculados con precisión. Pero hay una variable cuyo impacto todavía parece subestimarse: qué —y quién decide qué— cuelga de las paredes.
El detalle parece menor. No lo es.
Un estudio de la Universidad de Exeter encontró que los empleados que podían intervenir visualmente su espacio de trabajo eran hasta 30% más productivos que aquellos que trabajaban en oficinas funcionales, pero sin decoración. Incluso rindieron alrededor de 15% más que quienes trabajaban en oficinas decoradas profesionalmente por otros.
El hallazgo tiene implicaciones directas para un mercado donde la competencia por oficinas premium se ha intensificado. De acuerdo con datos de SiiLA, cerca del 70% de la absorción corporativa registrada entre 2019 y 2026 en Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara ocurrió en oficinas de clase A+, el segmento más costoso y competitivo del mercado. Esa presión por atraer y retener inquilinos ha impulsado una industria de interiorismo corporativo que, según la Asociación Mexicana de Interiorismo Corporativo, representó más de 700 millones de dólares en proyectos en construcción entre 2024 y 2025.
En ese presupuesto se define con precisión el tipo de piso, la calidad del vidrio o el sistema de climatización. El arte, en cambio, suele llegar al final del proyecto —o delegarse al proveedor de muebles. El resultado es previsible: lobbies con reproducciones de Kandinsky, pasillos con fotografías de stock de ciudades que nadie reconoce y salas de juntas con abstractos inofensivos que no dicen nada ni sobre la empresa ni sobre quienes trabajan en ella. Es decir, arte gestionado, no habitado.
Eso ayuda a explicar por qué oficinas visualmente sofisticadas pueden seguir sintiéndose impersonales, y por qué empieza a emerger, aunque todavía de forma incipiente en México, un nicho de curaduría de arte corporativo entendido no como decoración, sino como una forma de vincular a las personas con el espacio que habitan. Eso puede traducirse en selección participativa de obra, integración de artistas locales y decisiones que ya no pasan únicamente por facilities o diseño.
La discusión parece menor hasta que se observa el contexto completo. En una economía donde la productividad laboral avanza lentamente, donde las empresas siguen invirtiendo millones en atraer personas de vuelta a la oficina, y donde cada vez más edificios ofrecen amenidades, certificaciones y acabados similares, la diferenciación empieza a desplazarse hacia algo más difícil de estandarizar: la capacidad de un espacio para generar sentido de pertenencia.
Lo anterior revela un límite de la lógica con la que se diseñaron muchas oficinas corporativas durante la última década.
El open office, el coworking y buena parte del diseño contemporáneo partieron de la idea de que la eficiencia espacial aumenta conforme el espacio se vuelve más uniforme. Pero la productividad parece depender cada vez menos de esa homogeneidad y más de la capacidad de adaptación del entorno a quienes lo usan. Eso podría empezar a desplazar el valor corporativo hacia espacios menos rígidamente terminados y más capaces de absorber cambios constantes sin perder funcionalidad en cada reconfiguración. Porque si las organizaciones cambian más rápido que los edificios, entonces parte de la obsolescencia futura podría no venir del inmueble en sí, sino de su incapacidad para adaptarse sin destruir valor cada vez que cambia quien lo ocupa.
Para más información sobre tendencias y desempeño del mercado inmobiliario comercial, visita SiiLA Market Analytics o escríbenos a contacto@siila.com.mx.











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