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México dejó de ser sólo un taller. Hoy, las compañías extranjeras ya no vienen únicamente a ensamblar; vienen a diseñar, decidir y desarrollar. En ese umbral —entre la manufactura y la inteligencia manufacturera— se encuentra Daikin, fabricante global de sistemas HVAC.
Recientemente, la compañía amplió su presencia corporativa en la Ciudad de México con casi 500 m² adicionales de oficina, superando así los 2,500 m² a nivel nacional —sin contar áreas en plantas, centros de entrenamiento y servicio—. Ese movimiento administrativo acompañó su expansión industrial de los primeros nueve meses de 2025: alrededor de 43,600 m² absorbidos entre Tijuana y San Luis Potosí, que incrementaron cerca de 20% su superficie operativa en el país.
Sin embargo, lo que vemos hoy es apenas el tramo intermedio de una secuencia mayor. Un año antes, en 2024, Daikin instaló sus oficinas de investigación y desarrollo en San Luis Potosí. Y para 2026, proyecta más de 1,100 millones de pesos en nuevas líneas de producción, que se suman a los casi 5,800 millones invertidos desde 2023.
Detrás de esa secuencia hay algo más que expansión: hay reconocimiento. Para Daikin, México no es únicamente un punto de producción; es un nodo estratégico para sostener y escalar su cadena de suministro en Norteamérica. Por eso, aunque la empresa prevé que los aranceles globales estadounidenses reducirán cerca de 47,000 millones de yenes (unos 303 millones de dólares) su utilidad operativa en el ejercicio fiscal que concluye en el primer trimestre de 2026, confía en que los productos fabricados en México queden exentos al cumplir las reglas de origen del T-MEC. Y esa sola excepción no sólo amortigua el golpe, sino que convierte al país en un resguardo operativo donde diseño, producción y suministro se conectan directamente con su mercado principal —Estados Unidos.
¿Dónde se ancla la estrategia?
Dicen que la geopolítica empieza donde se coloca una piedra, y que la geografía no opina, pero siempre decide. Y en el caso de Daikin, que según SiiLA concentra el 85% de su área corporativa en la Ciudad de México y el 80% de su superficie industrial en San Luis Potosí, la distribución geográfica implica la centralización administrativa en el núcleo económico del país, y la concentración productiva en un corredor logístico que enlaza el Bajío con Estados Unidos.
Lo que el mapa de Daikin sugiere a escala empresarial, los números lo corroboran a escala sectorial.
En el mercado HVAC, San Luis Potosí ocupa el tercer lugar nacional en superficie industrial dedicada al ramo —solo detrás de Monterrey y Ciudad Juárez— y el quinto en número de empresas, por debajo de Monterrey, Ciudad Juárez, Querétaro y Tijuana. Todo ello en un contexto donde el 73% de la infraestructura del sector se ubica en el norte del país y el 25% en el Bajío, una distribución que no responde al azar: sigue la lógica del suministro hacia Estados Unidos.
Sin embargo, lo que para Daikin es expansión, para el sector en general es reacomodo.
SiiLA Market Analytics muestra que solo una de cada 25 firmas HVAC incrementó su superficie industrial en el último año, con un crecimiento de apenas 3%. Ese ritmo sugiere el fin de un ciclo de capitalización acelerada en un sector donde seis de cada siete empresas son foráneas, y donde la incertidumbre regulatoria y comercial modera las decisiones de expansión.
Los datos de la Secretaría de Economía confirman ese cambio de etapa: entre 2015-2019 y 2020-2024, la IED anual promedio —ajustada por inflación— cayó 76%. Parte del ajuste responde a dinámicas típicas de maduración: solo en 2023-2024, varias compañías repatriaron utilidades o desinvirtieron activos, movimientos habituales cuando los proyectos iniciales completan su ciclo y el mercado entra en una fase de consolidación, con capital más selectivo y mayor exigencia de retorno.
En ese entorno, la posición de Daikin no es casual ni contracorriente: es anticipo. Mientras el capital del sector desacelera, la compañía avanza donde más sentido tiene avanzar: en el punto que reduce costos, minimiza riesgos y mantiene acceso al mercado. Porque producir en México compensa parte del impacto arancelario, y concentrar operaciones en el mismo corredor limita la exposición logística y comercial. Así, México no opera como puente, sino como seguro.
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