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México es el séptimo mayor consumidor de gas natural en el mundo. Cada día, utiliza suficiente volumen como para inflar un globo de 800 metros de diámetro¹ —tan grande como el Burj Khalifa, el edificio más alto del planeta. Desde arriba, su impacto es visible: el metano enciende fábricas, alimenta turbinas y define el futuro industrial del país.
Aunque el gas natural es esencial para el funcionamiento de muchas industrias, su extracción representa menos del 0.1% del PIB nacional. La razón es simple: México no gana por vender gas, sino por usarlo. Esto se debe a que la mayor parte del suministro (72%) es importado desde Estados Unidos, y su valor no radica en la renta que deja, sino en los bienes y servicios que permite producir. Sin gas, se detendrían sectores que aportan cerca del 10% del PIB² y que ocupan al menos una tercera parte de las naves industriales del país: alimentos, empaques, energía eléctrica, farmacéutica, papel, petroquímica, siderurgia y textil, que lo utilizan para cocinar, calentar, fundir, secar, esterilizar o transformar.
El gas natural no solo alimenta procesos industriales: también define dónde se instala una fábrica, cuánto cuesta producir y si vale la pena quedarse. En sectores energointensivos, su acceso confiable y competitivo —como ocurre en el norte y el Bajío— es una ventaja frente a otras regiones de América Latina o Asia, donde el gas licuado es más caro e inestable. Según Global Petrol Prices, las tarifas industriales de gas natural en México están entre las 15 más bajas del mundo, junto a países como Algeria, Argentina, Azerbaiyán, Estados Unidos, Egipto, Irán, Rusia y Turquía.
A nivel nacional, los principales pasos fronterizos de gas están en Chihuahua, Nuevo León, Sonora, Tamaulipas y Veracruz, mientras que la producción nacional depende completamente del este del país, sobre todo de Campeche, Chiapas, Tabasco, Tamaulipas y Veracruz.
La conectividad a ese flujo energético se ofrece en muchos parques industriales como parte del paquete territorial, junto al agua, la electricidad y la red vial. En el Parque Industrial Toluca 2000, instalar una red interna de distribución tomó casi dos décadas, y hoy permite a decenas de empresas —como Italika, Mercedes-Benz y Quala— acceder a un suministro constante y reducir hasta 60% su consumo de gas, lo que se traduce en ahorros de hasta 30% en sus costos de producción. Más al norte, en Alianza Derramadero, en Saltillo, la infraestructura incluye ductos de hasta 16 pulgadas, integrados a una plataforma que también ofrece electricidad, agua y fibra óptica. En ambos casos, el gas no es un servicio adicional: es un cimiento competitivo.
Pero, si el precio es bajo y el suministro constante, ¿por qué depender del gas extranjero sería un riesgo? Justamente ahí está el dilema: el precio es competitivo, sí, pero la competitividad no es estructural, sino prestada.
Desde 2009, la producción nacional de gas ha caído de forma sostenida, mientras la demanda del sector eléctrico —que consume el 60% del total— no deja de crecer, ni tampoco la de otros sectores como el petrolero (22 %), el industrial (17 %) y, en menor medida, el residencial y comercial (1 %). Y en un país que necesita cada vez más gas, pero produce cada vez menos, el problema no es abstracto: las reservas probadas apenas cubren seis años de producción, y más de la mitad del gas nacional es asociado al petróleo, lo que significa que ni siquiera se extrae estratégicamente, sino como subproducto de otra apuesta energética. La competitividad, en ese contexto, no es un activo: es una deuda.
Ante este panorama, la pregunta no es si México puede seguir dependiendo del gas estadounidense, sino cuánto tiempo puede sostener una competitividad prestada sin perder soberanía energética. La disyuntiva no es técnica: es estratégica. Revertir la caída en la producción nacional exige más que perforar pozos; implica construir una política energética con visión industrial, que diversifique la matriz energética con fuentes renovables, fortalezca reservas, expanda infraestructura y oriente el uso del gas no solo a donde se necesita, sino a donde multiplica valor. Porque si el país no decide pronto, decidirá el desabasto —que no solo apaga fábricas: apaga el futuro—.
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¹ El cálculo se basa en un consumo diario aproximado de 9.3 mil millones de pies cúbicos de gas natural, equivalente a 263 millones de metros cúbicos (1 ft³ = 0.0283168 m³). Suponiendo que ese volumen se concentra en una esfera, el diámetro resultante sería de aproximadamente 800 metros, usando la fórmula: V = (4/3)·π·r³ ⇒ r = ³√(3V / 4π).
² Cálculo con base en datos del INEGI (2T 2025). Se sumaron los códigos SCIAN 22, 311, 312, 3131, 3133, 3149, 322, 324, 3251, 3252, 3254, 3261, 331 y 332 correspondientes a sectores industriales con alta dependencia del gas natural. En conjunto, representan aproximadamente el 10.6% del PIB nacional.











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