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En un centro comercial, no todos los pisos se pisan igual. El primero se recorre sin pensarlo; el segundo implica elegir hacia dónde ir; el tercero no se alcanza por inercia, sino por un motivo claro —comer, entretenerse, encontrarse— y cada nivel adicional deja de ser parte del recorrido natural y se convierte en una decisión que solo ocurre si hay una razón suficiente para subir.
En México, los centros comerciales de más de 4,000 metros cuadrados operan, en promedio, entre dos y tres niveles de retail. Esto excluye estacionamientos, oficinas y otros usos no comerciales. Lo notable, sin embargo, no es la altura, sino su estabilidad: en seis décadas, el modelo casi no ha cambiado. Lo que sí ha cambiado es el equilibrio. Antes dominaban los desarrollos de dos niveles; hoy, el mercado se inclina hacia tres, según datos de SiiLA.
Actualmente, cuatro de cada diez centros comerciales tienen más de dos niveles. De ellos, el 69% se concentra en la zona conurbada del Valle de México, seguido por Monterrey (14%) y Guadalajara (11%). Esta distribución no es casual: refleja entornos donde el costo del suelo y la densidad poblacional obligan a crecer en vertical.
Ese crecimiento introduce una fricción estructural: más distancia, menor visibilidad y menor disposición del visitante a desplazarse. Estudios sobre centros comerciales verticales muestran que los consumidores son menos propensos a subir de nivel, incluso cuando existen elevadores y escaleras eléctricas. Cada piso depende así menos del tránsito espontáneo y más de decisiones inducidas.
Esa fricción reorganiza el espacio. Los niveles inferiores concentran comercios de compra impulsiva, mientras que los superiores alojan destinos específicos —entretenimiento, alimentos, servicios— que justifican el desplazamiento.
El flujo, además, no se distribuye de manera uniforme. La mayoría de los visitantes se concentra en un número reducido de locales, mientras el resto opera con niveles de tráfico significativamente menores. Esta concentración no depende del tamaño del espacio, sino de su ubicación, visibilidad, cercanía a accesos verticales y reputación.
El límite del modelo aparece ahí. La verticalidad permite absorber demanda en ciudades densas, pero no escala de forma lineal en desempeño: cada nivel adicional compite por el mismo flujo y reduce su eficiencia relativa. En ese punto, el problema deja de ser de diseño y se vuelve económico: si el flujo no crece con la altura, tampoco lo hace el ingreso potencial, y cada nivel adicional no solo aumenta costos, sino que distribuye la misma demanda sobre más superficie, de modo que la verticalidad no expande el mercado, lo redistribuye.
Frente a ese límite, la respuesta es gestionar el recorrido. Los centros comerciales que sostienen actividad en múltiples niveles inducen trayectorias, concentran destinos y asignan funciones distintas a cada piso. Esa lógica se materializa en decisiones concretas: escaleras que obligan a recorrer el piso, servicios ubicados a distancia para extender el tránsito y anclas que fuerzan desplazamientos entre puntos.
Aun así, el flujo se concentra y la eficiencia depende de la capacidad para dirigirlo. El problema no es entonces cuántos niveles puede tener un centro comercial, sino cuántos realmente funcionan.
Ese desempeño también se refleja en los datos. La ocupación y la rotación permiten ver cómo se reparte el flujo dentro de un centro comercial. Consulta SiiLA Market Analytics.











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