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A partir de 2026, México ajustará aranceles sobre más de 1,400 fracciones de importación provenientes de países sin tratado comercial, con impactos transversales en múltiples ramas industriales y tasas que en algunos casos alcanzan hasta 50%. Más allá del discurso oficial, la medida revela una tensión estructural: proteger la industria encareciendo los insumos que la hacen posible.
Esa tensión deriva del propio diseño productivo del país. En las últimas cuatro décadas, la industria mexicana se integró a cadenas globales de valor sustentadas en bienes intermedios y de capital importados —maquinaria, componentes, químicos y equipo— cuya sustitución local no es inmediata, por lo que los aranceles no solo gravan flujos externos, sino que se incorporan directamente al costo interno de producir en México.
De acuerdo con datos oficiales analizados por SiiLA, alrededor de una quinta parte de las importaciones mexicanas corresponde a estos insumos provenientes de países sin tratado comercial¹, lo que anticipa efectos directos sobre precios, márgenes y decisiones de inversión. Esa presión también se traslada al mercado inmobiliario industrial: empresas de países sin tratado, dependientes de insumos importados desde sus economías de origen, concentran cerca del 12% del área industrial nacional, lo que abre un frente adicional de ajuste en costos operativos, ocupación y planes de expansión.
Para José Ignacio Martínez Cortés, doctor en Economía y coordinador del LACEN-UNAM, el impacto será gradual y asimétrico: se filtrará a través de cadenas de suministro que ya operan con márgenes logísticos estrechos y ciclos productivos escalonados, especialmente en insumos provenientes de Asia. En ese proceso, advierte, “el encarecimiento de bienes intermedios y de capital no genera un choque abrupto, pero sí una presión progresiva que será perceptible a partir del primer trimestre de 2026”.
A ello se suma el riesgo de reacciones espejo por parte de los países afectados, con posibles aranceles a exportaciones mexicanas sensibles, y la inserción de México en una dinámica de proteccionismo comercial cuyo objetivo no es sustituir importaciones para fortalecer la producción nacional —dado que la proveeduría local capaz de reemplazar estos insumos no existe hoy ni puede construirse en el corto plazo con los estándares tecnológicos requeridos—, sino alinearse a las presiones de seguridad comercial de Estados Unidos.
Precisamente porque la decisión arancelaria responde a una lógica político-proteccionista y no a la arquitectura real de las cadenas productivas, su impacto será heterogéneo según la naturaleza de cada vínculo comercial.
Allí donde México depende de insumos críticos sin sustitución local inmediata —como en el caso de China—, los aranceles tienden a introducir fricciones operativas: mayores tiempos de ajuste, riesgos de desabasto y una menor flexibilidad productiva. En relaciones más complementarias —como la que mantiene con Brasil—, el ajuste recae sobre flujos con mayor margen de adaptación, reduciendo la probabilidad de disrupciones sistémicas.
La diferencia no es marginal: mientras las fricciones inducidas por los aranceles sobre insumos provenientes de China podrían reflejarse en un orden de magnitud cercano al 16% del total de las importaciones mexicanas, en el caso de Brasil ese efecto se ubicaría alrededor de 1.2%², lo que evidencia no solo la distinta exposición de la industria nacional, sino también la asimetría en los incentivos económicos y políticos para reaccionar ante la medida.
Ante este panorama, la reforma arancelaria no redefine solo los términos del comercio exterior, sino los límites reales de la política industrial mexicana. Porque en una economía cuya competitividad se construyó sobre integración productiva —no sobre autosuficiencia—, encarecer insumos sin sustitución inmediata traslada el costo del ajuste a la propia estructura productiva. Y así, la pregunta ya no es si los aranceles protegen a la industria, sino si la industria mexicana puede absorber el costo de esa protección sin erosionar la base misma de su competitividad.
Para más datos y análisis de la economía y del mercado industrial en México, visita SiiLA REsource o escríbenos a contacto@siila.com.mx.
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¹ La estimación se basa en estadísticas oficiales de comercio exterior que indican que aproximadamente el 40% del valor de las importaciones mexicanas proviene de países sin tratado comercial vigente. Dentro de ese universo, se analizó un subconjunto de bienes intermedios y de capital —maquinaria, instrumentos, productos químicos, plásticos, metales y equipo de transporte— importados desde un grupo representativo de economías que, en conjunto, concentran alrededor de una quinta parte de los países que registran exportaciones hacia México. En este subconjunto, dichos bienes representan cerca del 60% del valor observado. Dado que el ejercicio no cubre la totalidad del universo arancelario, los resultados no constituyen una medición puntual, sino una inferencia de orden de magnitud. Bajo estos supuestos, los datos sugieren que entre el 20% y el 25% del total de las importaciones mexicanas, a septiembre de 2025, corresponde a insumos productivos provenientes de países sin tratado comercial y sin sustitución local inmediata.
² Estimación de orden de magnitud construida como producto de (i) la participación de cada país en las importaciones totales de México y (ii) la proporción de esas importaciones concentrada en rubros típicamente clasificados como insumos intermedios y de capital. Para China se aproxima como 0.20×0.80≈0.16 (16%); para Brasil como 0.02×0.60≈0.012 (1.2%). Los porcentajes se interpretan como exposición importada potencial bajo supuestos de composición sectorial; no constituyen una medición directa del traspaso a precios ni del efecto macroeconómico, que depende de elasticidades, inventarios, sustitución y tiempos de ajuste.











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