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El mundo está cambiando de fuente. No solo de energía, sino de empleo y de lógica industrial. Por primera vez en la historia moderna, millones de empleos ya no dependen del petróleo, el gas o el carbón, sino del sol, el viento y la biomasa.
Actualmente, apenas uno de cada 250 empleados en el mundo trabaja en energías limpias, según IRENA y el Banco Mundial. Pero esa minoría crece con fuerza. Solo entre 2021 y 2023, el empleo verde avanzó a un ritmo compuesto de casi 13% anual, el doble que en el sexenio anterior. Y hoy, más de 16.2 millones de personas en el mundo trabajan ya en este sector.
Casi la mitad de esos empleos están ligados a la energía solar. El resto se reparte entre biocombustibles, hidroeléctrica, eólica y tecnologías menos extendidas como la geotermia o la energía oceánica. En su mayoría, estos trabajos no se crean en el campo, sino en fábricas, talleres, oficinas técnicas y centros de instalación. Y aunque seis de cada diez están en Asia, con China y la India como núcleos, América aporta dos, encabezada por Brasil y Estados Unidos. Por su parte, Europa contribuye con uno más. El resto se reparte entre África y Oceanía.
México aún está lejos de esa ola. Apenas uno de cada 500 empleos en el país está vinculado con energías limpias, de acuerdo con IRENA e INEGI. Una proporción ocho veces menor que la de Brasil, donde casi 1.6 millones de personas ya trabajan en este sector. Sin embargo, la diferencia no es solo cuantitativa: mientras en otras economías el empleo verde ya transforma cadenas industriales completas, en México sigue siendo una excepción.
Aun así, el cambio ya se siente en el territorio. En los últimos seis años, el 47% del área bruta rentable (ABR) de oficinas y el 7% del ABR industrial que salió al mercado contaban con alguna certificación ambiental, según SiiLA. Si bien estas certificaciones no garantizan el uso de energía limpia, sí reflejan una presión creciente por construir espacios más sostenibles y eficientes, con ahorros promedio de hasta 25% en consumo energético.
Aunque las oficinas han liderado históricamente en proporción de espacios sostenibles, es el sector industrial el que hoy concentra la transformación más acelerada. No solo por el aumento de inventario de clase A, sino por el tipo de industrias que llegan: automotriz, electrónica, logística, bienes de capital. Todas exigen trazabilidad ambiental. No como valor agregado, sino como condición de permanencia en las cadenas globales.
Un ejemplo claro es Honda. En marzo de 2025, firmó un contrato con Iberdrola para abastecer con energía eólica sus plantas de Celaya y El Salto. El objetivo no fue solo reducir más de 64 mil toneladas de CO₂ al año, sino asegurar que cada vehículo producido cumpla con los estándares energéticos que exigen los mercados internacionales. Porque sin energía limpia, no hay cadena limpia. Y sin cadena limpia, no hay acceso.
Ese tipo de decisiones no solo modifican la lógica de producción industrial; también están generando una nueva demanda de espacio físico para producir, instalar y operar energía limpia en un país donde casi una cuarta parte de la electricidad ya proviene de fuentes renovables.
En la actualidad, cerca del 2% del ABR industrial en México —casi 1.7 millones de metros cuadrados— está destinado a actividades de generación eléctrica. Lo mismo ocurre en el sector de oficinas, donde más de 160,000 metros cuadrados —también equivalentes al 2% del mercado— están ocupados por empresas del sector energético, según SiiLA Market Analytics.
No es casual. Cada nuevo megavatio requiere técnicos, ingenieros, operadores y espacio físico para ensamblar, instalar, operar y mantener equipos. Y esa necesidad apenas comienza.
Según estimaciones de IRENA y la Secretaría de Energía, una transición energética acelerada podría generar varios cientos de miles de empleos adicionales hacia 2030. Más que una predicción, es una hoja de ruta para redefinir el desarrollo urbano e industrial del país.
Pero alcanzar ese umbral implicará más que instalar paneles o aerogeneradores. Demandará planificación territorial, inversión estratégica e integración profunda entre polos energéticos, logísticos e industriales. Porque el cambio ya no es solo energético. Es económico. Es espacial. Y ese mapa ya comenzó a dibujarse.
Donde haya sol y viento, habrá empleo. Donde haya empleo, habrá construcción. Y donde haya construcción, habrá una nueva geografía productiva: más limpia, más conectada, más exigente.
México aún tiene una densidad laboral verde muy por debajo de su potencial. Pero esa brecha no es una desventaja; es una reserva de oportunidad. Si el país logra catalizar su transición con inteligencia, podría no solo multiplicar su fuerza laboral verde, sino convertirla en ancla de su próximo ciclo industrial.
Para seguir los trazos de la transición energética en el mercado inmobiliario comercial, visita SiiLA REsource o escríbenos a contacto@siila.com.mx.











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