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En México se dice que Coca-Cola abre caminos. Que en regiones de la sierra donde casi no llegan servicios, sus camiones rojos abren veredas para llevar su producto. La imagen es pintoresca, pero describe una realidad: la compañía opera en el país una de las redes industriales y logísticas más extensas del sector de consumo.
Durante décadas, su lógica fue clara: vender más refresco y construir más infraestructura para producirlo y distribuirlo. Hoy, sin embargo, esa ecuación empieza a cambiar.
El aumento de 87% en el impuesto a las bebidas azucaradas está obligando a la compañía a rediseñar algo más profundo que sus precios: la química de sus productos, su portafolio y la economía de su infraestructura productiva.
En ese contexto, Coca-Cola anunció una inversión de 6,000 millones de dólares en México, que se suma a los cerca de 300 millones de pesos destinados el año pasado a una planta de dióxido de carbono en el Estado de México.
Mientras la instalación permitirá a la empresa asegurar un insumo clave para la producción de bebidas y reducir costos dentro de su propia cadena industrial, la nueva inversión apunta a preparar el sistema para un entorno económico y fiscal más exigente. Parte de ese esfuerzo pasa por adaptar la infraestructura a un portafolio que cambiará en los próximos años.
La compañía prevé que hacia finales de este año cerca del 70% de sus bebidas reduzca su contenido de azúcar mediante el uso de edulcorantes no calóricos. La estrategia no solo responde a cambios en las preferencias de consumo. También reduce la carga fiscal, ya que las bebidas con bajo contenido calórico pagan aproximadamente la mitad del impuesto.
El ajuste llega en un momento de mayor cautela financiera. Al cierre de 2025, Coca-Cola FEMSA reportó una reducción interanual de 11.3% en su gasto de capital y ha señalado que priorizará inversiones capaces de mejorar su eficiencia operativa y proteger márgenes en un entorno en el que el Banco de México prevé que el PIB mexicano crecerá apenas 1.6% en 2026, con expectativas de consumo más moderadas.
La escala del sistema explica por qué estos ajustes van más allá del portafolio de productos.
Coca-Cola FEMSA opera en México 28 plantas, 146 centros de distribución y más de 860,000 puntos de venta, cerca de la mitad de su infraestructura productiva, logística y comercial en América Latina. En conjunto, sus instalaciones industriales superan los 1.7 millones de metros cuadrados.
Tan solo entre 2014 y 2024, la infraestructura productiva de la empresa —sin considerar CEDIS ni puntos de venta— creció alrededor de un 60%, mientras la base de consumidores atendidos aumentó cerca de 10% desde 2015. El contraste revela el desafío que enfrenta hoy la industria: hacer más eficiente una red diseñada para expandirse más rápido de lo que ahora crece el mercado.
La paradoja es evidente. México sigue siendo el país con mayor consumo per cápita de refrescos del mundo. De acuerdo con Euromonitor, cada mexicano consume en promedio 163 litros al año, 40% más que en Estados Unidos y más de seis veces el promedio global.
En ese escenario, los llamados “impuestos saludables” no están frenando a la industria de bebidas. Están obligándola a cambiar su receta —fórmula, infraestructura e inversión— y, con ello, la manera en que abrirá nuevos caminos en los próximos años.
Más detalles sobre el desempeño de los actores del mercado inmobiliario en México en SiiLA Market Analytics o en contacto@siila.com.mx.











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