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El retail mexicano no abrió 2025 con euforia, pero sí con señales. Mientras el mercado se enfriaba, cuatro sectores —productos de consumo, alimentos, entretenimiento y servicios personales— concentraron el 98% de las absorciones, revelando algo más que un repunte comercial: un cambio en los hábitos, los deseos y el ritmo de la vida urbana.
Juntos ocuparon apenas 37,000 metros cuadrados en los principales centros comerciales del país, en un trimestre que marcó la absorción bruta más baja del retail mexicano en al menos cuatro años, según SiiLA.
En productos de consumo, casi cuatro de cada diez metros fueron absorbidos por marcas de autopartes, bienes esenciales, hogar, juguetes, mascotas y ropa, con firmas como New Balance, Miniso y Decathlon a la cabeza.
En alimentos, la demanda se inclinó hacia cafeterías, restaurantes y tiendas especializadas y de conveniencia, que sumaron casi tres de cada diez metros, impulsadas por cadenas como Wingstop, Moshi Moshi, La Rochetta y Applebee’s.
En entretenimiento, arcades y parques temáticos —como Piccolo Mondo— concentraron menos de dos de cada diez metros, aunque lideraron la tendencia en espacios donde la experiencia pesa más que el producto.
Y en servicios personales, gimnasios, operadores de telecomunicaciones, salones de belleza y servicios de salud se llevaron la menor proporción de metros, con marcas como Smart Fit, Sally Beauty, Commando y AT&T encabezando una categoría menor en escala, pero esencial en la vida urbana.
Que esas categorías lideren en tiempos de cautela económica no es casualidad. Son sectores anclados en necesidades concretas —moverse, alimentarse, vestirse, ejercitarse, entretenerse— pero con una lectura social más profunda: revelan lo que aún moviliza a la gente cuando el exceso ya no es opción. En lugar de grandes lujos o propuestas aspiracionales, los centros comerciales están volviendo a lo básico, pero resignificado: comodidad, cercanía, experiencia inmediata.
La expansión de marcas como Miniso, Wingstop o Smart Fit no responde solo a una estrategia de posicionamiento, sino a una señal de mercado. La gente sigue consumiendo, pero busca lo práctico, lo funcional, lo que le da algo más que el producto: una rutina, una distracción, una forma de estar.
Ese patrón empieza a definir el nuevo rostro del retail: centros comerciales que ya no giran en torno al consumo masivo, sino a una mezcla de servicios cotidianos, experiencias personales y marcas que caben en el bolsillo —no solo en lo económico, también en lo mental. Porque cuando el mundo parece incierto, hasta la forma de comprar cambia: se vuelve más íntima, más contenida, más ligada al presente.
Un estudio de McKinsey lo confirma: en contextos de alta incertidumbre, los consumidores tienden a priorizar bienes esenciales, reducir compras no indispensables y reenfocar el gasto hacia experiencias inmediatas y de bajo costo. Esa lógica —visible en los datos, en las marcas y en la ocupación— es también una brújula para entender hacia dónde va el retail y, con él, la vida urbana.
Hoy, mientras la economía mexicana enfrenta una desaceleración significativa con un crecimiento del PIB proyectado en apenas 0.1% debido a la débil demanda interna, la incertidumbre global y la baja inversión, la contención en el consumo se vuelve estructural.
El gasto privado se desacelera, el crédito se enfría, y las decisiones de compra se vuelven más selectivas. En ese entorno, el auge del lujo no contradice esta narrativa, pues si bien el mercado de bienes premium proyecta un crecimiento anual sostenido de 7% hacia 2032, ese dinamismo está concentrado en una minoría con alto poder adquisitivo. Para el grueso de la población, el consumo se está redefiniendo no por la aspiración, sino por la adaptación.
Por eso crecen las marcas que ofrecen utilidad, cercanía o alivio inmediato. Por eso los centros comerciales están dejando de ser templos del gasto para convertirse en nodos de lo cotidiano. Y por eso la diversificación de muchos malls —sobre todo aquellos integrados a desarrollos de usos mixtos con oficinas, vivienda u hospitalidad— ya no es solo una apuesta de negocio: es una respuesta al presente; a cómo vivimos, consumimos y habitamos la ciudad cuando todo lo demás es incierto.
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