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El lujo y el café se beben aunque no se tenga sed. Uno por estatus, el otro por rutina. Juntos crean un hábito elegante y adictivo. Tiffany, Dior, Gucci, Louis Vuitton… todas entendieron que el estómago es tan fiel como el deseo, y que un sorbo puede decir más que una etiqueta. Por eso están abriendo cafeterías y restaurantes: para que la gente ingiera su marca y beba café sin notar que, en el fondo, es pertenencia líquida.
No es una moda reciente. Armani abrió su primer café en Milán en los noventa. Ralph Lauren sirvió espresso en Nueva York antes de que fuera tendencia. Pero en la última década, el gesto se volvió táctica global. Gucci abrió osterías. Dior montó terrazas. Tiffany inauguró su Blue Box Café en la Ciudad de México. Y muchas otras casas —incluidas Maison Kitsuné, Vivienne Westwood, Prada e Yves Saint Laurent— han abierto más de 80 cafeterías de lujo en América, Asia, Europa, Medio Oriente y Oceanía.
La lógica detrás de esta estrategia de marketing es tan esencial como revolucionaria.
Por lo general, las marcas supercaras están fuera del alcance de casi toda la población mundial. En México, por ejemplo, solo el 7% de la gente puede acceder realmente a este tipo de lujo, según datos del INEGI analizados por SiiLA.
Sin embargo, al insertarse en la vida cotidiana con experiencias más accesibles —como un café o un desayuno— generan presencia, alimentan el aspiracionismo y multiplican su valor simbólico. ¿Y por qué? Porque cuanto más se desea el lujo, más prestigio produce. Y cuanto más prestigio, más valor tiene.
Actualmente, casi todas las cafeterías de lujo operan desde tiendas insignia en avenidas emblemáticas de ciudades como París, Nueva York o Tokio. Pero algunas excepciones anticipan un cambio de rumbo. El pop-up Café Dior en El Palacio de Hierro Polanco, por ejemplo, sugiere que el lujo empieza a servirse también en tiendas departamentales y centros comerciales selectos. Y así quizá, lo que hoy es una excepción, mañana podría ser costumbre.
Algunas marcas de retail ya lo han intuido desde otros frentes. El Globo, Santa Clara, Liverpool, City Market, La Comer y Chedraui son algunas de las que han convertido la comida en anzuelo, y el antojo, en pasarela.
Estas grandes cadenas ya no venden solo productos. Venden experiencias comestibles, bebibles, memorables. El lujo podría estar haciendo lo mismo. Porque si el deseo se asocia con una sensación —placer, saciedad, calidez— entonces la marca se graba más hondo. Y tal vez algún día, antes de pensar en dos sirenas al antojarse un café, alguien piense en un logo distinto. Uno que no estaba en su estómago, pero que entró por ahí.
Lo más revelador no son las marcas, sino el dato que las acompaña: en México, una de cada tres tiendas en centros comerciales pertenece al sector de alimentos y bebidas, según SiiLA. Desde islas de dulces hasta grandes restaurantes, esto implica que la comida no es un complemento; es el ancla. Y la competencia es tan feroz como el apetito. Por eso no sorprende que cada vez más marcas —de lujo o no— busquen ganarse al cliente por la boca. Porque en la economía de la atención, el hambre no solo vende: fideliza.
Para entender cómo evoluciona el retail, el lujo y el consumo en México —con datos, análisis y contexto— visita SiiLA REsource, o escríbenos a contacto@siila.com.mx.











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