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Asfixiado por una sequía histórica, años de inversión insuficiente y cambios en las cadenas globales de suministro, el Canal de Panamá enfrenta una crisis sin precedentes: buques de carga que esperan días, incluso semanas, para obtener una fecha de tránsito, sólo para enfrentar filas que duplican el cruce habitual de 10 horas, mientras los costos de transporte aumentan por demoras y tarifas.
En este contexto de incertidumbre para esta arteria del comercio mundial que se tambalea, América Latina vislumbra la oportunidad de reconfigurar su infraestructura logística, con México y Brasil a la cabeza en una carrera por abrir rutas alternativas que podrían transformar el mapa industrial de la región.
“La crisis del Canal de Panamá es resultado de una combinación de factores que han erosionado su capacidad de respuesta”, explica José Ignacio Martínez Cortés, coordinador del Laboratorio de Análisis en Comercio, Economía y Negocios (LACEN) de la UNAM. “Cada diez años, el canal necesita inversiones estratégicas para adaptarse al creciente tamaño de los buques y al aumento en el tráfico”, agrega, “pero la insuficiencia de fondos y el cambio climático han comprometido su operatividad”.
En el último año, la falta de lluvias ha reducido drásticamente las reservas de agua dulce que alimentan las esclusas del Canal de Panamá, lo cual ha obligado a las autoridades a restringir el número de buques que cruzan cada día. Esta limitación operativa ocurre justo cuando conflictos recientes en Ucrania, el Canal de Suez y el Mar Rojo han desviado aún más carga hacia esta ruta ya sobrecargada. Con estas presiones acumuladas, el canal se ha convertido en un cuello de botella para el comercio entre América, Asia y otros mercados clave, ralentizando el flujo de mercancías y elevando los costos logísticos.
Ante esta crisis, América Latina explora soluciones complementarias para reducir la presión sobre el Canal de Panamá, aunque ninguna puede realmente sustituirlo.
México, por ejemplo, ha acelerado el desarrollo del Corredor Interoceánico Istmo de Tehuantepec, una ruta terrestre entre los océanos Pacífico y Atlántico. Este corredor permitiría descargar contenedores en Salina Cruz, Oaxaca, transportarlos por tren hasta Coatzacoalcos, Veracruz, y desde allí enviarlos por mar hacia Estados Unidos o a otros destinos internacionales. Aunque viable para el comercio con América del Norte, esta opción es menos competitiva en rutas entre Europa y Asia, donde el cruce directo por Panamá sigue siendo más rentable y eficiente. “En tiempos, el Istmo puede competir con el canal, pero el costo adicional de los transbordos limita su competitividad. Con la inversión adecuada, sin embargo, el Istmo podría aliviar parte de la carga que actualmente soporta Panamá”, explica Martínez Cortés.
Brasil, por su parte, impulsa el Corredor Ferroviario Bioceánico Central, que conecta sus puertos en el Atlántico con las costas del Pacífico en Chile y Perú, pasando por Bolivia. Esta ruta abre oportunidades para el comercio regional, especialmente en sectores como el automotor y el farmacéutico, que dependen del transporte terrestre y aéreo para entregas rápidas. No obstante, para el comercio con América del Norte, el tránsito directo por el Canal de Panamá sigue siendo la opción más rentable.
“Así, aunque el Istmo de Tehuantepec y el Corredor Bioceánico pueden reducir la presión sobre Panamá, ninguna reemplaza el valor del canal para el comercio entre continentes. Su operación es única: el canal permite que los buques crucen directamente del Atlántico al Pacífico, mientras que en las rutas alternativas es necesario descargar los contenedores en un puerto, trasladarlos por tren o carretera y volver a cargarlos en otro buque al otro lado”, concluye el experto en economía internacional.
La crisis en el Canal de Panamá ha puesto de relieve la vulnerabilidad de las rutas comerciales tradicionales y la necesidad urgente de infraestructura sólida en América Latina. El canal, que maneja el 6% del comercio marítimo mundial, conecta rutas clave que unen a Estados Unidos con Asia, Sudamérica y Centroamérica; a Europa con Sudamérica; y a Asia con Centroamérica, facilitando el tránsito de bienes entre hemisferios.
Por sus patrones comerciales, México y Brasil están bien posicionados para ofrecer alternativas estratégicas de transporte y logística que complementen las rutas del Canal de Panamá, según datos del Banco Mundial y fuentes gubernamentales. La mayoría de las exportaciones de México (84%) tienen como destino Estados Unidos, mientras que un 39% de sus importaciones provienen de ese país y un 35% de Asia, lo que refuerza su papel como un eslabón clave en el comercio entre América y Asia. Brasil, en cambio, orienta el 48% de sus exportaciones hacia Asia, el 18% hacia Europa y un 30% hacia las Américas (17% al sur y 13% al norte), mientras que sus importaciones provienen principalmente de Asia (41%), Norteamérica (23%) y Europa (21%). Estos patrones comerciales consolidan a Brasil como un punto de conexión natural entre continentes, reforzando su papel en el flujo global de mercancías.
Además, México y Brasil se han afianzado como los centros de infraestructura industrial más desarrollados de América Latina. En la última década, ambos países han experimentado un crecimiento notable en su mercado inmobiliario industrial, impulsado por la demanda de centros logísticos y almacenes de última generación. Según datos de SiiLA, hasta el tercer trimestre de 2024, México contaba con más de 96 millones de metros cuadrados en espacios industriales de clase A y B, dedicados en gran parte a manufactura (55%), productos de consumo (16%) y transporte y logística (9%). En Brasil, la oferta superaba los 26.8 millones de metros cuadrados de clase A+, A y B, destinados principalmente a productos de consumo (34%), transporte y logística (30%) y manufactura (15%).
La posición de ambas naciones como enclaves de rutas logísticas alternativas, aunque no sustitutas del Canal de Panamá, será cada vez más crucial si la crisis persiste, ya que los países más afectados incluyen a las economías exportadoras de commodities en Sudamérica —como Chile, Brasil y Argentina, que enfrentan menores costos logísticos gracias a su acceso directo al océano— y a las economías manufactureras de Asia, que dependen del canal para llegar a la costa este de Estados Unidos, siendo particularmente vulnerables a las demoras y sobrecostos.
Sin embargo, el especialista José Ignacio Martínez Cortés advierte que esta situación no incentivará un nearshoring masivo hacia México u otras regiones latinoamericanas, porque las compañías no buscan cambiar, sino diversificar sus cadenas de suministro.
“Por ejemplo, muchas empresas asiáticas están trasladando sólo algunas líneas de producción, sin cerrar sus operaciones en Asia”, explica. Este enfoque moderado indica que México y Brasil están bien posicionados como alternativas estratégicas, aunque sin reemplazar completamente las operaciones locales de estas compañías a corto y mediano plazo.
Asimismo, el economista subraya que, para que México y Brasil aprovechen al máximo esta coyuntura, es fundamental fortalecer su infraestructura y mejorar sus incentivos fiscales.
“Las empresas de transporte y logística están evaluando rutas alternativas para mitigar el impacto en sus cadenas de suministro. Una opción viable es el tránsito internacional de mercancías a través de puertos latinoamericanos que permiten trasladar la carga por vía marítima, terrestre y aérea para evitar la congestión del canal. Sin embargo, aunque las condiciones geográficas y los beneficios fiscales de países como México y Brasil ofrecen ventajas claras para el comercio internacional, una inversión robusta en infraestructura logística es esencial para consolidarlos como alternativas logísticas viables a largo plazo”.
Según Martínez Cortés, América Latina enfrenta un desafío estructural: evolucionar de una economía centrada en la exportación de commodities a una que impulse el valor agregado, como ya ocurre en Asia. En este contexto, México y Brasil podrían capitalizar estas ventajas y afianzarse más como nodos clave en las rutas logísticas globales, mitigando los efectos de una crisis que podría perdurar por mucho tiempo.
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