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Cada oficinista en México genera cerca de 300 gramos de basura por jornada laboral¹. Solo en la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey —los tres principales centros corporativos del país— eso equivale a unas 280 toneladas diarias², lo suficiente para llenar una alberca olímpica de desechos cada cinco días. Puede parecer poco —el 0.2% de los residuos que produce el país—, pero basta para mostrar cuánto se desperdicia sin darnos cuenta, solo por trabajar.
La mayor parte de esa basura no se recicla: se mezcla y termina en basureros municipales que, por lo general, no cuentan con procesos de separación ni aprovechamiento. Sin embargo, casi la mitad podría aprovecharse y un tercio es orgánica o compostable. El resto —materiales contaminados o de un solo uso— no tiene segunda vida posible. En oficinas, eso se traduce en papeles impresos, vasos de café, plásticos desechables y restos de comida que se degradarán lentamente bajo toneladas de desperdicio, sin volver jamás a ningún ciclo productivo.
El problema de fondo no es el volumen, sino el impacto ambiental: esos residuos, apilados y desaprovechados, terminan liberando gases y filtraciones que contaminan el suelo y el agua. Aun así, el verdadero desafío no está solo en generar menos basura, sino en diseñar espacios capaces de reducirla y aprovecharla mejor.
De acuerdo con SiiLA, uno de cada cinco edificios de oficinas en México cuenta con certificaciones ambientales, y uno de cada quince en construcción o proyecto ya las incorpora. Algunas de estas edificaciones —avaladas por sistemas como LEED, EDGE o BOMA Best— no solo optimizan el uso de agua y energía: también gestionan mejor sus residuos. Integran programas de separación desde origen, compactadores, compostaje de orgánicos y cadenas de reciclaje verificadas, además de incentivar a proveedores que reducen empaques o emplean materiales reutilizables. Casos documentados muestran que una gestión estructurada —basada en la separación, reutilización y sustitución de materiales de un solo uso— puede recuperar hasta una tercera parte de los residuos corporativos.
Un ejemplo de ello es la Torre Cuarzo, en Ciudad de México, cuyo sistema de gestión de residuos permite que el edificio genere menos desechos que el 91% de los inmuebles con un nivel de ocupación similar, gracias a que sus usuarios reciclan alrededor del 34% de lo que producen.
Así, la solución no está al final del ciclo, sino al principio. En el entorno corporativo, avanzar hacia una economía circular implica repensar cómo se consumen los materiales dentro de los edificios —desde el mobiliario y los insumos de oficina hasta los alimentos y empaques que entran cada día—. Esto quiere decir que reciclar ayuda, pero no basta: el verdadero cambio ocurre cuando se evita generar el desperdicio desde el diseño operativo, no cuando se intenta corregirlo al final.
En la práctica, eso significa que los propietarios y administradores pueden desempeñar un papel decisivo al promover políticas de residuos cero entre sus inquilinos: áreas de separación visibles, acuerdos con recicladoras certificadas, sistemas de compostaje para cafeterías, y contratos con proveedores que reduzcan envolturas o prioricen materiales reutilizables. Incluso pequeñas acciones —como eliminar plásticos de un solo uso, instalar estaciones de hidratación o sustituir cafeteras desechables— pueden reducir de forma tangible la huella de cada edificio.
Más allá del impacto ambiental, una gestión eficiente de recursos y residuos tiene también un efecto económico tangible: recorta costos, fortalece la reputación corporativa y vuelve más competitivos a los edificios frente a arrendatarios que priorizan la sostenibilidad. Los inmuebles certificados, de hecho, suelen obtener primas de valor de hasta 18% en ventas y 13% en rentas, además de mejores condiciones financieras, al ser percibidos por el mercado como activos más estables y resilientes³.
En última instancia, la sostenibilidad no empieza en los vertederos: empieza en los escritorios. Entender cómo y dónde se genera el desperdicio es el primer paso para construir edificios —y ciudades— más eficientes.
Accede a los datos completos de esta investigación en SiiLA Market Analytics o contáctanos en contacto@siila.com.mx.
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¹ Estimación basada en el Atlas Nacional de Residuos Sólidos Urbanos (SEMARNAT/INECC, 2022), que reporta una generación promedio de 0.9 kilogramos diarios por habitante en México. Para el entorno de oficinas —donde predominan residuos comerciales y de servicios—, se ajustó proporcionalmente al tiempo de permanencia laboral, unas ocho horas diarias, lo que equivale a cerca de 0.3 kilogramos por persona por jornada.
² Cálculo propio con base en los datos de SiiLA (3T 2025) sobre el área bruta rentable total ocupada de oficinas en la Zona Metropolitana del Valle de México, Guadalajara y Monterrey (8.3 millones de m²), dividida entre el área mínima por empleado establecida en la Norma Técnica Complementaria para el Proyecto Arquitectónico (9.3 m² por trabajador). El resultado, equivalente a unos 900 mil oficinistas, se multiplica por la tasa ajustada de 0.3 kilogramos de residuos por jornada laboral, lo que arroja un total aproximado de 280 toneladas diarias de desechos.
³ Basado en los hallazgos de A Review of the Impact of Green Building Certification on the Cash Flows and Values of Commercial Properties (Leskinen et al., 2020); Green Building Value: Do Green-Rated Buildings Add a Premium to Sales Price? (Knight Frank, 2021); y Banking on Green Buildings (UNEP FI, 2024). El estudio de Knight Frank documenta incrementos de entre 8% y 18% en el valor de venta y de 3% a 13% en rentas, mientras que los otros análisis destacan una menor prima de riesgo y mejores condiciones de financiamiento para desarrollos con certificaciones ambientales.











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