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En México y Brasil, el sector de alimentos y bebidas ocupa el 7% y el 10.5% del inventario industrial, según SiiLA. Pero en esta industria, mover producto no depende solo de logística o espacio, sino de sortear barreras que no están en las bodegas ni en la cadena, sino en el entorno que las condiciona.
PepsiCo lo sabe bien. Para Leandro Rovai, Head of Knowledge Management Global de la empresa, los mayores retos están en la complejidad regulatoria que varía de país en país, la fragilidad de la infraestructura y la ausencia de condiciones estables para operar a largo plazo.
Rovai señala que, en México, el acelerado desarrollo industrial impulsado por el nearshoring tropieza con limitaciones estructurales: una infraestructura desigual, especialmente en el sur del país; congestión en puertos y vías férreas; disparidad burocrática entre estados que entorpece los permisos; acceso limitado a agua y electricidad en nuevos polos industriales; y regulaciones ambientales y requisitos ASG cada vez más estrictos, que retrasan proyectos y encarecen su ejecución.
En Brasil, el diagnóstico es distinto, pero igual de estructural. La superposición de competencias entre gobiernos municipales, estatales y federales alimenta la incertidumbre jurídica y dilata los procesos de licenciamiento. A eso se suman una carga tributaria elevada, reglas de financiamiento e incentivos que cambian con frecuencia, e inestabilidad política que erosiona la previsibilidad operativa.
Un ejemplo tangible de lo que ocurre cuando el ámbito físico y regulatorio actúa como freno se dio en Guatemala, donde PepsiCo tuvo que transformar por completo su centro de distribución en Villa Nueva. Aunque la ubicación —al suroeste de la capital, con acceso directo a las principales autopistas— ofrecía ventajas logísticas, la empresa debió invertir 27 millones de dólares para modernizar la infraestructura, implementar sistemas logísticos avanzados —como la preparación de pedidos por voz— y construir 29 muelles de carga para asegurar un flujo continuo de mercancías.
El caso resume un patrón: en América Latina, muchas veces operar no es aprovechar lo que hay, sino construirlo desde cero. Y esa carga, cuando es constante, reduce el margen para escalar.
¿Por qué? Porque invertir en grandes remodelaciones o levantar infraestructura desde cero requiere terreno —muchas veces escaso— y, sobre todo, capital, visión y garantías de inversión. Esa exigencia, de entrada, le cierra la puerta a muchas empresas. Y para quienes sí pueden asumirla, el reto no termina ahí: las condiciones macroeconómicas de la región imponen barreras adicionales.
Actualmente, por ejemplo, en México y Brasil las tasas de interés —de 8.5% y 14.75%, respectivamente— elevan el costo del crédito y restringen el acceso a financiamiento. Y la inflación, el tipo de cambio y la incertidumbre política suman capas de riesgo que afectan directamente los costos de construcción, la ejecución y la viabilidad de proyectos a largo plazo. “Por eso, las empresas deben estar preparadas para adaptarse rápidamente a los cambios del entorno macroeconómico”, advierte Rovai.
Y pese a todo, el interés no cesa: hay algo más fuerte que el riesgo. Porque si bien el contexto impone obstáculos, también ofrece oportunidades.
Solo en 2024, el mercado regional de bebidas carbonatadas superó los 60,000 millones de dólares, y según Informes de Expertos, se espera que crezca a un ritmo sostenido del 2% anual durante la próxima década. Esa magnitud —más que las condiciones— es lo que mantiene a los grandes conglomerados en movimiento, como en el caso de PepsiCo, que opera en 34 países latinoamericanos a través de unas 40 plantas y que generó más de 11,700 millones de dólares en ingresos netos durante el año pasado, equivalentes al 13% de sus ingresos netos globales.
Pero esas oportunidades no están distribuidas de forma pareja. América Latina concentra producción y consumo, sí, pero solo algunos países han logrado convertir esa ventaja en capacidad estructural. México es el ejemplo más claro: su cercanía con Estados Unidos, una base industrial madura, una red sólida de acuerdos comerciales como el T-MEC, y un ecosistema de inversión más institucionalizado a través de FIBRAs y soluciones PropTech lo hacen destacar. A eso se suma la expansión hacia ciudades intermedias como Querétaro y Mérida, que, según Rovai, “ofrecen mejor gobernanza y planificación de infraestructura”, fortaleciendo su atractivo logístico e industrial.
En general, América Latina tiene lo esencial para un mayor desarrollo: mercado, materia prima y demanda. Pero sin certidumbre, esa ventaja se diluye. Porque en esta industria no basta con atraer inversión, hay que sostenerla. Y eso solo ocurre cuando el entorno deja de ser un obstáculo y empieza a jugar a favor.
El reto ya no es crecer, sino hacerlo con estructura. Y en esa transición —más compleja que expansiva— se definirá quién logra escalar y quién se queda donde empezó.
Para saber más sobre el desempeño industrial en México y América Latina, visita SiiLA REsource o escríbenos a contacto@siila.com.mx.











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