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Los aranceles de Estados Unidos no solo amenazan el comercio. También alteran precios, congelan inversiones y presionan a países como México, Brasil y Colombia, donde varios de los sectores industriales más orientados a la exportación mantienen una fuerte dependencia del mercado estadounidense. Y cuando esos sectores se frenan, además de golpear las exportaciones, limitan la demanda de espacio, insumos, logística y empleo.
A la fecha, cada uno enfrenta distintos regímenes arancelarios: México está sujeto a un arancel del 25% sobre el acero y el aluminio, así como a tarifas similares sobre productos no certificados bajo el T-MEC. Brasil y Colombia, en cambio, enfrentan un arancel base del 10% sobre la mayoría de sus exportaciones y un 25% sobre acero y aluminio.
El efecto ya es tangible y sigue un patrón: empieza en las industrias más expuestas, alcanza el espacio físico y termina reconfigurando el mapa productivo.
En México, por ejemplo, el sector automotor registró absorción neta negativa en Aguascalientes, Ciudad de México, Monterrey y Reynosa durante el primer trimestre de 2025: casi 260,000 metros cuadrados industriales desocupados, uno de los peores arranques trimestrales desde 2021, según datos de SiiLA. En Brasil, por su parte, la siderúrgica ArcelorMittal pospuso una inversión de 4,000 millones de reales (unos 800 millones de dólares) en su planta de Tubarão, señalando el arancel del 25% sobre el acero como factor clave. Y en Colombia, la agroalimentaria Alpina anunció una pausa comercial de 90 días ante el riesgo de tener que trasladar el arancel del 10% a sus precios en Estados Unidos.
A pesar de estos indicios de ajuste, el comercio bilateral aún no acusa el golpe en cifras agregadas. En términos reales, las importaciones de Estados Unidos desde México, Brasil y Colombia crecieron 8%, 8% y 9% entre el primer trimestre de 2025 y el mismo periodo de 2024. Así pues, aunque los aranceles buscan frenar los flujos comerciales, todavía no lo consiguen. Pero en política comercial, las heridas rara vez sangran de inmediato: el verdadero impacto fermenta en las decisiones de inversión, en los costos logísticos o en la cautela de quien, frente al riesgo, prefiere no avanzar.
En México, la exposición es doble: comercial y territorial. Alrededor del 40% del PIB nacional proviene de exportaciones, y cerca de un tercio de ese flujo depende de sectores hoy bajo presión arancelaria —acero, agroindustria, bienes de capital, electrónicos, y vehículos y autopartes. Esto quiere decir que al menos un 13% del PIB padece directamente el proteccionismo estadounidense. Y esa presión opera tanto en las cifras como en el mercado inmobiliario. Según SiiLA, estas cinco industrias ocupan el 49.6% del inventario industrial ocupado en el país, lo que implica que casi la mitad del espacio productivo está expuesto a cualquier cambio en las condiciones comerciales.
En Brasil, la exposición es menor, pero estratégica. Apenas el 20% de su PIB proviene de exportaciones, y dentro de ese margen destacan sectores industriales clave —aeroespacial, agroindustrial, automotor y siderúrgico— que ya enfrentan aranceles. En conjunto, las exportaciones de estas industrias al mercado estadounidense representan aproximadamente el 2.4% del PIB. Y esa presión no solo viene de fuera: también se manifiesta en el territorio. Según datos de SiiLA, ocupan el 5.8% del inventario industrial ocupado en el país. Puede parecer poco, pero concentra actividades con alto valor agregado, significativa dependencia externa y escasa capacidad de sustitución local.
Colombia, por otro lado, no es la excepción. Allí, la exposición, aunque más contenida, también es evidente. Las exportaciones representan alrededor del 15% del PIB, y cerca de un tercio de ese flujo corresponde a sectores sensibles a los aranceles —agroindustria, floricultura, papel, petróleo, químicos básicos, siderurgia y textiles. Sin embargo, según datos oficiales de comercio exterior y estimaciones basadas en su participación relativa, estas industrias concentran un volumen exportador al mercado estadounidense que equivale a cerca del 1% del PIB nacional. Y en términos de presencia industrial, ocupan el 12.3% del inventario ocupado en el país, lo que, aunque es una porción modesta, concentra actividades que dependen del acceso preferencial, operan con márgenes ajustados y enfrentan alta exposición regulatoria.
Pese a sus diferencias de escala, México, Brasil y Colombia comparten un rasgo crítico: parte de su economía y de su infraestructura industrial depende de mantener condiciones comerciales estables con Estados Unidos. Y esa estabilidad, aunque aún visible en los datos, ya muestra grietas en el terreno.
A nivel macroeconómico, el golpe aún parece contenido. Pero su potencial no es menor. En los tres países, los sectores bajo presión no solo exportan: sostienen cadenas logísticas, empleos industriales e inventarios físicos cuya actividad depende de la estabilidad comercial. En México, el riesgo se amplifica por la dimensión del mercado y el papel que juega en el nearshoring. En Brasil, por la concentración estratégica en industrias complejas. Y en Colombia, por la fragilidad de una estructura exportadora estrecha y expuesta.
Además, el impacto no se limita a la balanza comercial: si el mercado inmobiliario industrial mexicano, brasileño o colombiano se estanca de forma sostenida, el arrastre podría extenderse a otros componentes del PIB. No es aún una crisis, pero si las tensiones se prolongan, lo que comenzó como un ajuste puntual puede terminar en un reordenamiento económico más profundo. Y cuando eso ocurre, el tiempo que se pierde no se mide en trimestres, sino en ciclos.
Lo que ocurra en el segundo semestre de 2025 será decisivo. Las empresas deberán revaluar cadenas, costos y decisiones de inversión bajo un horizonte incierto. Y los gobiernos, si buscan proteger sus sectores estratégicos, tendrán que elegir entre escalar la respuesta o buscar acuerdos pragmáticos. Sin embargo, a falta de certezas, solo una cosa queda clara: la política comercial ha vuelto al centro del juego económico. Y esta vez, Latinoamérica no está al margen; está en el tablero.
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