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Tijuana y San Diego no son dos ciudades, sino una sola economía que atraviesa dos naciones. Porque más que origen y destino, son partes de un mismo proceso en el que lo que se produce o se decide en un lado se ensambla o se ejecuta en el otro. No en balde, más del 70% de los envíos de las empresas en Tijuana se dirige a Estados Unidos y la mitad de sus insumos proviene de ese mismo mercado.
Esa integración se sostiene en una base física concreta. Tijuana y San Diego concentran más de 26 millones de metros cuadrados industriales. Su eje es Otay Mesa, uno de los principales cruces comerciales entre México y Estados Unidos, por donde cruza el 10% del comercio por camión, el principal modo de transporte.
La lógica no se agota en la carga. Activos como el Cross Border Xpress (CBX), la terminal peatonal que conecta directamente el aeropuerto de Tijuana con San Diego, no transportan mercancía, pero organizan el flujo de personas, capital y decisiones que sostienen la operación industrial de la región. En operación desde diciembre de 2015, ha canalizado cerca de 30 millones de pasajeros entre ambos lados de la frontera, con más de 4 millones de cruces al año, una escala equivalente a cerca de una tercera parte del tráfico del aeropuerto internacional de Tijuana.
El 31 de marzo de 2026, el Grupo Aeroportuario del Pacífico (GAP) colocó 10,718 millones de pesos en deuda —con sobredemanda y calificaciones AAA— para adquirir el 25% del CBX y financiar su CAPEX. La operación implica asegurar participación en una cadena de suministro que conecta regiones que, en conjunto, aportan entre el 1% y el 2% del PIB de sus respectivos países.
Lo anterior no ocurre en medio de un nuevo auge industrial, sino en una fase de corrección en ambos lados del corredor.
El año pasado, en Tijuana y San Diego, la demanda se moderó, la disponibilidad se acercó o superó el 7% y la absorción neta incluso llegó a registrar valores negativos, con precios al alza del lado mexicano y a la baja del lado estadounidense. Sin embargo, la base productiva se mantiene y la nueva oferta avanza de forma más escalonada, con mayor peso de desarrollos a la medida en México y una concentración en nodos como Otay Mesa en Estados Unidos. Así, en todo el corredor se reduce la expansión indiscriminada y el valor se desplaza paulatinamente hacia los puntos que sostienen la continuidad operativa entre producción, cruce y consumo.
Vista así, la apuesta del GAP por el CBX deja de parecer una inversión lateral y se perfila como una apuesta por reducir fricción, en un entorno donde la competencia se enfría, la inversión se vuelve más selectiva y el valor se concentra en los puntos donde la operación puede interrumpirse, porque ahí es donde se pone en riesgo la rentabilidad del sistema.
En ese contexto, no todos los metros compiten por igual, pues la ventaja está en los activos capaces de sostenerla. La frontera, entonces, deja de ser una línea que separa mercados y se convierte en la franja donde se define cómo se organiza el valor. Y si el valor se organiza ahí, la ventaja ya no está en estar cerca, sino en estar bien posicionado dentro de ese punto crítico, con activos que puedan seguir operando aun cuando el cruce se vuelva lento, incierto o congestionado.
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