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Cuando la distancia deja de ser eficiente, producir para exportar deja de ser viable y la geografía del negocio cambia. Tramontina llegó a ese punto.
Tras casi tres décadas abasteciendo el mercado mexicano desde Brasil, la compañía de utensilios para el hogar rompió ese esquema e instaló su primera planta en el país, con una inversión de 500 millones de pesos en Lerma, Estado de México. La instalación —con capacidad inicial de alrededor de 1.2 millones de sartenes al año— forma parte de un plan más amplio (2025–2027) que incluye un centro logístico, expansión corporativa y nuevos showrooms, con el objetivo de consolidar a México como hub regional para Norteamérica y América Latina.
La proximidad al mercado recorta tiempos y permite ajustar la producción a la demanda local, en un entorno donde operar a distancia se ha vuelto más costoso e incierto.
A partir de 2025, Estados Unidos endureció su política comercial hacia Brasil con aranceles que llegaron a alcanzar hasta 50% en sectores clave como acero y aluminio. Aunque posteriormente se adoptó un esquema global de entre 10% y 15%, se mantuvieron tarifas más altas en industrias estratégicas. En paralelo, México también elevó aranceles sobre importaciones de países sin tratado, encareciendo insumos clave y añadiendo fricción a las cadenas productivas.
Ese efecto se amplifica si se considera que alrededor del 15% de las exportaciones brasileñas dependen de Norteamérica y ya se refleja en la forma en que grandes empresas —como Tramontina, y antes Gerdau y WEG— organizan su operación a nivel nacional.
Hoy en día, en México operan unas 716 empresas brasileñas y, entre 2024 y 2025, su número creció 22%, mientras que la inversión total cayó 41%, lo que apunta a una expansión basada en estructuras operativas más que en nuevos proyectos. Aun así, el flujo se mantiene: hasta mediados de 2025, al menos 42 compañías planeaban abrir operaciones en el país, en una dinámica donde, por cada firma mexicana que entra a Brasil, hay 21 brasileñas buscando instalarse en México.
A escala de la propia compañía, el alcance del movimiento se vuelve más claro: en Brasil, la empresa opera al menos diez plantas que suman cerca de 300,000 metros cuadrados, mientras que en México su presencia industrial aún es incipiente, con dos naves —incluida su nueva fábrica— que en conjunto rondan los 37,000 metros cuadrados. Esa diferencia no apunta a una sustitución, sino a una expansión sobre una segunda geografía.
La distribución de sus ingresos refuerza esa lógica: Brasil concentra alrededor de dos terceras partes del total, frente a cerca de una décima parte en Norteamérica, lo que explica por qué el ajuste no reemplaza su base productiva, sino que la replica en mercados clave.
Lo que emerge no es una relocalización en el sentido tradicional, sino una reorganización más fina de la producción. En lugar de concentrar capacidad en un solo origen, las empresas la distribuyen en función de sus mercados más sensibles, reduciendo su exposición a un entorno geopolítico y económico cada vez menos estable. En ese esquema, producir cerca no responde únicamente a costos, sino a la necesidad de mantener continuidad operativa.
Así, más que un repliegue de la globalización, lo que se observa es un ajuste en sus condiciones de operación. En ese proceso, producir para múltiples mercados desde una misma base deja de ser el estándar y pasa a ser una decisión que cada vez exige mayor justificación.
El detalle detrás de estas dinámicas —desde cap rates hasta absorción y desempeño por corredor— puede consultarse en SiiLA Market Analytics o vía contacto@siila.com.mx.











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