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Bajo el sol inmisericorde del mediodía, un supervisor de obra se limpia el sudor mientras observa, impotente, un montículo de acero retorcido en el suelo. El cálculo estructural estaba mal desde el principio. Nadie lo vio hasta que la grúa alzó las vigas y, de pronto, pum: con un estruendo seco y una nube de polvo, la estructura se vino abajo. No hay marcha atrás. La obra se detiene, los costos suben, el cronograma se rompe y el tiempo acelera la pérdida.
Sin embargo, una nave industrial no se cae en un día. Se cae en una oficina meses antes, cuando se decide construir sin margen de error, ignorando la negligencia e incluso la corrupción.
Gilberto González, con más de 30 años de experiencia en el mercado inmobiliario industrial y a cargo de las operaciones de RMSG en México, nos habla de los errores y malas prácticas más costosos en la construcción, aquellos que siempre se repiten y siempre cobran su precio.
El primer problema son los vicios internos de la industria: comenzar proyectos sin una definición completa, ejecutarlos sin los estudios y cálculos necesarios, y omitir análisis clave como los hidrológicos o la resistencia estructural. Estos errores y omisiones, a veces por descuido y otras por intentar ahorrar tiempo y dinero a corto plazo, solo multiplican los riesgos y los costos operativos.
"Lo que se gana en arranque, se pierde con creces en retrasos, sobrecostos y litigios”, explica Gilberto.
El segundo problema es la falta de planeación adecuada. Cuando el proyecto no está bien organizado desde el principio, los fallos se multiplican. Ingenierías mal desarrolladas, planos incompletos, deficiencias en los programas de obra, falta de organización en compras y tiempos de entrega, mala gestión de materiales y personal, y omisiones en trámites gubernamentales y negociación con sindicatos generan retrasos, caos y pérdidas.
“Por ello, es indispensable contar con un excelente project manager y un equipo de trabajo comprometido, honesto, diligente y responsable”, advierte el director de RMSG.
El tercer problema son los factores externos: el clima, las contingencias ambientales, el cambio de políticas públicas, las multas, la corrupción, los problemas legales y los retrasos por parte de distribuidores. Aunque estas situaciones son difíciles de prever, no considerarlas desde el inicio puede paralizar un proyecto durante semanas, meses o incluso años.
Estos tres obstáculos, o una combinación de ellos, no solo ralentizan el proceso de construcción, sino que también lo hacen vulnerable a fraudes, ya que la falta de planeación, la omisión de controles y los vicios internos de la industria permiten que los contratistas inflen costos, desaparezcan materiales o reduzcan la calidad de las obras para obtener beneficio propio.
Gilberto explica que evitar fraudes requiere un proceso riguroso en la selección y evaluación de contratistas, la realización de concursos transparentes y la fijación de presupuestos cerrados que aseguren que el costo del proyecto se mantenga dentro de lo acordado, salvo que haya ajustes en las especificaciones del desarrollador. La supervisión continua de la obra, así como de los trámites y permisos, resulta igualmente crucial para evitar cualquier inconsistencia.
“Para garantizar el cumplimiento de los contratos, se exigen fianzas y seguros, además de una supervisión estricta del avance de las obras, tanto en lo físico como en la parte documental”, agrega.
Según el especialista en desarrollo inmobiliario industrial, reducir pérdidas depende, ante todo, de una planificación precisa antes de iniciar la obra. Esto implica definir claramente los parámetros de diseño, programación y aspectos legales, alineados con las normativas locales e internacionales, sin inflar innecesariamente los costos con medidas excesivas, para evitar retrasos y sobrecostos a largo plazo.
Mientras muchos desarrolladores persistan en abordar proyectos sin una estrategia definida, las obras seguirán sucumbiendo bajo un sol inmisericorde, donde cada omisión y atajo tendrá su precio. No hay que olvidar que el desastre rara vez es evidente desde el principio, pues se va gestando lentamente, como un cáncer silencioso. Y, a menudo, el enemigo más peligroso no está en los factores externos como el clima o la burocracia, sino en los fallos internos: la falta de visión y el control negligente.
Esto nos recuerda que la construcción de una nave industrial no es únicamente una cuestión de cálculos y materiales; es un ejercicio de responsabilidad, disciplina y previsión. Y solo cuando estos principios se integran en cada etapa del proyecto, la obra no solo se erige, sino que perdura a lo largo del tiempo como una inversión rentable.
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