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En apenas cuatro años, México se ha convertido en un tablero estratégico en la disputa entre Estados Unidos y China. Las tensiones comerciales entre ambas potencias, iniciadas en 2018 con la imposición de aranceles desde Washington, han transformado al país en un terreno fértil para las inversiones chinas, que buscan aprovechar su cercanía al mercado estadounidense gracias al T-MEC. Sin embargo, este acercamiento ha encendido alarmas al norte del Río Bravo, donde tanto republicanos como demócratas ven con preocupación el avance chino en sectores productivos estratégicos.
Entre 2020 y 2023, las nuevas inversiones chinas en México, como parte de la Inversión Extranjera Directa, aumentaron 2.2 veces, superando los 190 millones de dólares. Estas inversiones no sólo reflejan un creciente interés por el mercado mexicano, sino que han llevado a las empresas chinas a ocupar alrededor del 3.2% del espacio industrial del país, equivalente a casi 2.9 millones de metros cuadrados, de acuerdo con datos de SiiLA.
La influencia de estas compañías en el país se hace más evidente al considerar que en el último cuatrienio representaron el 7% de los más de 30.4 millones de metros cuadrados absorbidos a nivel nacional, colocándose como el segundo mayor demandante de espacios después de Estados Unidos (31%) y México (30%).
Este crecimiento no sólo se refleja en cifras globales, sino también en cómo las empresas del país asiático han distribuido estratégicamente su presencia en territorio mexicano. En el norte, que incluye mercados clave como Ciudad Juárez, Mexicali, Monterrey, Reynosa, Saltillo y Tijuana, ocupan casi el 4% del espacio industrial. En el Bajío, un corredor logístico que conecta al norte con el centro del país y que abarca importantes polos industriales como Aguascalientes, Guadalajara, Guanajuato, Querétaro y San Luis Potosí, su participación llega al 2.9%. Por otro lado, en la zona metropolitana de la Ciudad de México, que incluye grandes áreas productivas como el Estado de México, las empresas chinas tienen una presencia más modesta, con apenas el 0.9%.
Además, los sectores donde más han invertido muestran su enfoque logístico en Norteamérica. Desde 2020, las absorciones industriales chinas han sido lideradas por los sectores de vehículos y partes, bienes de capital y electrónicos, que representan el 64% de su demanda nacional. En consecuencia, no es de extrañar que reconocidas firmas como Yanfeng Automotive Interiors, Hisense y Sanhua Holding Group destaquen entre los principales inquilinos, ocupando en conjunto más de medio millón de metros cuadrados en los mercados industriales más dinámicos del país. Tampoco sorprende que, en los sectores que estas compañías representan, China busque fortalecer su presencia mundial: en el automotor, con tecnologías para vehículos eléctricos; en electrónicos, con componentes esenciales para dispositivos móviles; y en bienes de capital, con maquinaria especializada para industrias de alta precisión.
Debido a la creciente influencia del país asiático en sectores clave para la seguridad nacional de Estados Unidos, más que una disputa económica, esto implica un enfrentamiento por el control de las cadenas de suministro más trascendentales para la hegemonía tecnológica global de las próximas décadas, pues supone el desarrollo y suministro de baterías de litio, semiconductores y chips.
Lo anterior no ha pasado desapercibido en Washington, desde donde se observa con preocupación cómo México se ha convertido en una “puerta trasera” para que productos chinos accedan al mercado estadounidense, aprovechando las ventajas arancelarias del T-MEC. Este temor ha impulsado propuestas proteccionistas, respaldadas tanto por demócratas como por republicanos, como la imposición de un arancel del 25% a vehículos eléctricos fabricados en México por empresas chinas, subrayando el alto nivel de tensión en la relación bilateral.
Cabe destacar que medidas similares ya se han aplicado en Europa y Asia, donde Estados Unidos ha presionado para limitar la participación china en sectores como los de telecomunicaciones e infraestructura. En el caso de México, estas restricciones podrían poner en riesgo proyectos clave como la instalación de plantas solares, parques industriales y sistemas de telecomunicaciones, especialmente en regiones del norte como Monterrey y Tijuana, profundamente integradas con la economía estadounidense.
Estas tensiones no se limitan a lo económico o estratégico, sino que marcarán el rumbo de la renegociación del T-MEC en 2026. Aunque el tratado fue diseñado para fortalecer la cooperación regional, Estados Unidos podría argumentar que la creciente participación china en México compromete las reglas de origen o pone en riesgo las cadenas de suministro norteamericanas, lo que podría derivar en disputas formales que afecten la relación trilateral. Para mitigar este riesgo, México podría implementar medidas que refuercen su posición como aliado estratégico de Estados Unidos. Entre estas medidas se incluiría garantizar que las inversiones chinas respeten las reglas de origen del tratado, priorizar la atracción de empresas que impulsen las cadenas de valor norteamericanas y mantener un diálogo constante con Washington para evitar que sus políticas sean percibidas como una amenaza a la seguridad regional.
Mientras tanto, el gobierno mexicano ya comenzó a reconsiderar su relación comercial con China.
Recientemente, el secretario de Hacienda y Crédito Público, Rogelio Ramírez de la O, destacó que México importa productos chinos por un valor de 119,000 millones de dólares al año, a la par que sus exportaciones al país asiático apenas alcanzan los 11,000 millones. Esta disparidad, señaló, ha llevado a plantear un cambio en la política de inversiones para reducir la dependencia del país asiático. Según sus estimaciones, si Norteamérica lograra producir internamente sólo el 10% de lo que actualmente importa de China, el impacto sería significativo: el Producto Interno Bruto (PIB) de México podría crecer hasta 1.4 puntos porcentuales adicionales, y se generarían 560,000 nuevos empleos en el país. Estados Unidos y Canadá también se verían beneficiados, con incrementos de 0.8 y 0.2 puntos porcentuales en sus respectivos PIB, viendo fortalecidas sus cadenas de valor regionales, especialmente en sectores estratégicos como los de equipo médico, maquinaria eléctrica y componentes automotores.
El desafío para México es monumental. Las inversiones chinas ofrecen una oportunidad para diversificar su economía y modernizar su infraestructura, pero también colocan al país en una posición vulnerable frente a su principal socio comercial. En este contexto, México debe equilibrar sus intereses económicos con las exigencias de Washington, ya que cualquier decisión podría tener repercusiones profundas. La clave estará en que Estados Unidos promueva la generación de tecnología en México como parte de una estrategia regional para fortalecer las cadenas de suministro en Norteamérica. Por su parte, México deberá consolidar su infraestructura tecnológica e industrial para posicionarse como un socio indispensable en sectores estratégicos como la manufactura avanzada, los semiconductores y las energías limpias, reforzando su lugar en la región sin comprometer su soberanía económica.
El tablero está puesto, y México se encuentra en medio de una disputa entre las dos mayores potencias económicas del mundo. Las inversiones crecen, las tensiones aumentan, y el país debe decidir cómo jugar su mano. ¿Podrá México mantener su soberanía económica sin sacrificar su relación con Estados Unidos? Mientras las oportunidades surgen y las amenazas se ciernen, cada decisión contará en un futuro donde las consecuencias podrían ser irreversibles.
Si quieres saber más sobre las tendencias y el desempeño del mercado industrial en México, visita SiiLA REsource o escríbenos a contacto@siila.com.mx.











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