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A partir del próximo miércoles 12 de marzo, entrará en vigor un arancel del 25% a las importaciones globales de acero y aluminio en Estados Unidos. De no suspenderse, la medida podría impactar la economía mexicana, afectando al sector inmobiliario industrial, que enfrentaría ajustes estratégicos para contener costos operativos y posibles retrasos en nuevas inversiones y expansiones.
De acuerdo con SiiLA Market Analytics, alrededor del 4% de las empresas y el 3% del área bruta rentable (ABR) industrial en México están directamente relacionadas con el sector minero-metalúrgico. Este sector, que genera el 8.6% del PIB industrial y el 2.5% del PIB total del país, es altamente dependiente del comercio con Estados Unidos, destino del 80% de sus materias primas y productos terminados, según cifras de la Secretaría de Economía.
En 2024, las exportaciones mexicanas de acero y aluminio hacia Estados Unidos representaron apenas el 0.02% del PIB nacional, de acuerdo con datos del Banco Mundial, la Oficina de Censo de los Estados Unidos y la Secretaría de Economía. Si el arancel encarece completamente estas exportaciones sin que las empresas logren adaptarse, el impacto directo en la economía mexicana podría alcanzar los 92.5 millones de dólares, equivalente a una reducción de 0.005% del PIB. Sin embargo, el efecto real dependerá de cómo reaccionen las empresas, si redirigen exportaciones o absorben costos, y de las medidas gubernamentales para contrarrestarlo.
No obstante, dado el encadenamiento productivo del acero y el aluminio con industrias clave como la automotriz, manufacturera y de la construcción, el impacto podría amplificarse a través de un efecto multiplicador. Dependiendo de la elasticidad de la demanda, la sustitución de insumos y la respuesta de los actores económicos, la afectación total podría situarse entre 138.7 y 231.3 millones de dólares, lo que representaría una caída del PIB de entre 0.0075% y 0.0125%.
Más allá de la contracción económica, el arancel podría generar presiones inflacionarias y desalentar la inversión extranjera directa, en un contexto donde México ya muestra signos de desaceleración industrial. El encarecimiento del acero y aluminio afectaría sectores estratégicos, elevando costos de producción y reduciendo la competitividad. Además, la incertidumbre generada por estas barreras comerciales podría agravar la caída de nuevas inversiones y aumentar el riesgo de recesión.
No obstante, es probable que el arancel sea revertido, como ocurrió con el arancel general del 25% a las importaciones mexicanas en Estados Unidos, que fue suspendido antes de ser implementado. Además, existe un precedente directo en el sector del acero y aluminio.
En 2018, Donald Trump aplicó un arancel del 25% a estas importaciones mexicanas bajo la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de 1962, argumentando riesgos para la seguridad nacional de Estados Unidos. Sin embargo, en mayo de 2019, la medida fue eliminada tras negociaciones bilaterales. Este antecedente sugiere que, ante presiones políticas y económicas, la actual política arancelaria podría seguir el mismo camino y revertirse en el corto plazo.
El gravamen al acero y al aluminio no solo golpea a México, sino que sacude los cimientos de toda Norteamérica. En un continente donde las fábricas no tienen una sola patria y las cadenas de producción son arterias que cruzan fronteras con naturalidad, levantar barreras a las materias primas esenciales es minar la base misma de esa integración. Y visto así, la lógica proteccionista que busca fortalecer la industria siderúrgica estadounidense ignora una realidad ineludible: el acero y el aluminio son la columna vertebral de la manufactura y la construcción, dos sectores que sostienen la competitividad de toda la región. En consecuencia, encarecer estos insumos repercutirá en el costo de cada puente, cada rascacielos y cada vehículo ensamblado, debilitando la economía norteamericana en su conjunto.
El mejor ejemplo de esta integración es el recorrido de un simple pistón de aluminio antes de llegar al consumidor final. Su trayecto inicia en Michigan, donde el aluminio es extraído y enviado a Ontario, Canadá, para su fundición. Luego regresa a Michigan para su primer proceso de maquinado, pero vuelve a cruzar la frontera hacia México, donde recibe acabados de precisión. Desde ahí, regresa nuevamente a Michigan, donde es ensamblado en un motor que, posteriormente, vuelve a México para su instalación en un vehículo. El auto, ya casi completo, cruza de regreso a Estados Unidos para pruebas finales antes de volver a México para ajustes definitivos y, finalmente, regresar a Estados Unidos para su venta. En total, este pequeño componente, cuya función es transformar la presión del fluido en movimiento dentro del motor, atraviesa la frontera ocho veces antes de entrar en funcionamiento, según la Secretaría de Economía. Su recorrido ilustra la precisión y eficiencia de la cadena de suministro norteamericana, donde la especialización de cada país permite manufacturar bienes de alto valor con costos competitivos.
¿Qué ocurre si en cada uno de estos cruces se impone un arancel del 25%? Los costos de producción se disparan, erosionando los márgenes de rentabilidad y trasladando el golpe al precio final de los productos. Ni fabricantes ni consumidores saldrán ilesos.
Solo el impacto de costos en el sector automotor sería significativo en México, donde según SiiLA, representa el 15% de los inquilinos y una cuarta parte del ABR industrial en los principales mercados del norte, centro y Bajío del país.
Sin embargo, el impacto no se limita a la industria automotriz. El problema no son las importaciones mexicanas, ni siquiera las canadienses. Los datos de la Oficina del Censo son irrefutables: Estados Unidos importa menos de una cuarta parte del acero que consume, y dentro de esas importaciones, México y Canadá juntos representan alrededor del 40%, lo que equivale a aproximadamente el 10% del consumo total de acero en el país. En el caso del aluminio, la dependencia es aún mayor: la mitad de lo que utiliza Estados Unidos es importado, y la mayor parte proviene de Canadá.
Empero, en lugar de fortalecer su competitividad global, Washington está encareciendo su propia producción. El arancel del 25% no es solo una barrera para China —cuyas exportaciones de acero a Estados Unidos son mínimas— o una amenaza exclusiva para Europa, sino también un obstáculo para sus aliados más cercanos y una traba para sus industrias.
En un mundo donde cada decisión cuenta en la carrera tecnológica y productiva, esta política no blinda empleos, los pone en riesgo; no protege la economía norteamericana, la debilita. Y si la región sigue este camino, el nearshoring perderá fuerza, las inversiones buscarán mercados más previsibles y los costos se reflejarán en cada pieza ensamblada, en cada inmueble construido, en cada consumidor que pagará la factura de un proteccionismo mal calculado.
Al final, la gran ironía es que el golpe no protege a las empresas estadounidenses, sino que mina la ventaja industrial de toda Norteamérica. Mientras esto se resuelve, el mercado inmobiliario industrial seguirá en el centro de esta batalla comercial. Comprender sus efectos será clave para anticipar movimientos estratégicos. Para ello, consulta SiiLA REsource o escríbenos a contacto@siila.com.mx para más información.











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