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En la Ciudad de México, los espacios de trabajo se diseñan, cada vez más, para ofrecer calidad, eficiencia y seguridad a quienes los habitan. Con más de nueve millones de metros cuadrados de oficinas en la capital, una nueva norma que entrará en vigor en junio de 2025 busca garantizar mejores condiciones para quienes las ocupan. La Norma Técnica Complementaria para el Proyecto Arquitectónico actualiza el Reglamento de Construcciones y establece, con mayor precisión, criterios obligatorios de confort, espacio y protección en el entorno laboral.
Aunque parece una cuestión técnica, el cambio tiene implicaciones profundas: obliga a repensar cómo se habita el trabajo. De entrada, la norma fija un mínimo de 9.3 metros cuadrados por persona, en un contexto donde, en muchas oficinas, la ocupación real es de una persona por cada dos o cuatro. Esto significa que, en el espacio corporativo de clase A+, A y B de la Ciudad de México, podrían trabajar alrededor de un millón de personas, lo que representa una sexta parte del total de oficinistas a nivel nacional, según datos de SiiLA y del INEGI.
La norma no solo regula cómo se ocupa el espacio, sino también el nivel de ruido permitido. En oficinas pequeñas y salas de juntas, el límite es de 40 decibeles; en áreas abiertas, de 45. Más allá de eso, las conversaciones se pierden, la concentración se diluye y el estrés sube. Para evitarlo, se exige un aislamiento acústico mínimo de 45 decibeles entre oficinas, y de 50 entre salas de juntas y pasillos. Es decir, por fin se empieza a normar con más rigor algo tan básico como el derecho a pensar sin escuchar al de al lado.
¿Sabías que quienes trabajan en una oficina abierta pierden, en promedio, 86 minutos al día por distracciones del entorno laboral? El dato —extraído de un estudio global de Ipsos-Steelcase— es contundente: el sonido, la luz y el aire no son accesorios. Son condiciones mínimas para que el trabajo fluya.
Por eso, la norma fija un nivel de iluminación de entre 200 y 500 lux, según el tipo de espacio, una tasa de ventilación mínima de 2.5 litros por segundo por persona, y ajustes a la temperatura operativa según la velocidad del aire. Si la luz es muy clara o insuficiente, una de cada ocho personas podría no concentrarse; y si el flujo de aire —que altera la sensación térmica— supera los 0.8 metros por segundo, las hojas del escritorio no permanecen en su lugar, según datos de la normativa y del estudio de Ipsos-Steelcase.
A estos requisitos se suman otros no menos importantes, como un tiempo máximo de espera de 45 segundos en elevadores, la proporción obligatoria de un cajón de estacionamiento por cada 30 metros cuadrados construidos en oficinas mayores a 100 metros cuadrados o, en el caso de locales dentro de oficinas, un área mínima de seis metros cuadrados por persona más un 15 % para circulaciones, con una altura no menor a 2.3 metros. Incluso el número de sanitarios se calcula con fórmulas específicas, según género y número de ocupantes.
Pero la norma no se detiene ahí. También incorpora un principio que va más allá del confort inmediato: la autosuficiencia energética. A partir de junio de 2025, todos los nuevos edificios de oficinas que superen los 50 mil metros cuadrados de construcción deberán generar el 100 % de su consumo eléctrico anual a partir de fuentes renovables. Así, ya no será suficiente con que sean funcionales o agradables; deberán ser responsables. Esta obligación aplica también a comercios y desarrollos de mayor envergadura, y busca que el diseño no solo contenga trabajo, sino que lo sostenga sin depender del exterior o saturar la red eléctrica.
Si todos los grandes edificios de oficinas que hoy existen en la Ciudad de México tuvieran que cumplir con esta norma, el impacto no sería menor. Según SiiLA Market Analytics, aproximadamente tres de cada cien edificios corporativos superan los 50 mil metros cuadrados de área bruta rentable (ABR). Y si consideramos que, en muchos proyectos, el área total de construcción suele ser entre 1.5 y 2.2 veces mayor al ABR, entonces, bajo este supuesto, entre diez y veinte edificios de cada cien estarían obligados a generar el 100 % de su consumo eléctrico anual mediante fuentes renovables.
Lo anterior implica que, paulatinamente, habrá cambios estructurales: en cómo se diseñan y construyen los edificios, en lo que se espera de ellos.
Con los cambios normativos que están por entrar en vigor, lo que está en juego no es solo la forma del espacio, sino su capacidad de responder al tiempo que habitamos. El trabajo cambió; y la oficina, para seguir siendo competitiva y funcional, tendrá que cambiar con él.
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