Una Oficina Puede Admitir Perros sin Ser Pet Friendly
- Admitir mascotas es sencillo. Preparar una oficina para que personas y animales compartan el espacio es otra historia.

Desde hace ya algunos años, las mascotas han ganado espacio fuera del hogar y comenzado a entrar también a las oficinas. Entre ellas, los perros plantean quizá el cambio más visible. Pero admitirlos en un edificio no significa que éste esté preparado para recibirlos. Desde que uno cruza la entrada, esa diferencia comienza a hacerse evidente. El perro debe pasar por el lobby, compartir elevadores y permanecer durante horas en un espacio ocupado por personas y, eventualmente, otros animales. Necesita beber agua, salir y volver a entrar, mientras a su alrededor siguen funcionando las rutinas de una oficina. Y esa convivencia obliga a resolver algo más que su acceso, desde dónde puede permanecer hasta qué ocurre si ladra, ensucia, provoca una reacción alérgica o incomoda a quien trabaja en el escritorio de al lado.
En grandes metrópolis como la Ciudad de México, la cantidad de animales ayuda a dimensionar lo que implica trasladar esa convivencia al lugar de trabajo. Según el INEGI, en 2025 había alrededor de 4.55 millones de mascotas en la capital, incluidos 2.37 millones de perros. Frente a una población estimada por el CONAPO en 9.18 millones de habitantes ese mismo año, eso equivale aproximadamente a un perro por cada cuatro personas.
Su presencia en el mercado de oficinas, sin embargo, resulta mucho más difícil de medir. SiiLA revisó una muestra aleatoria estratificada de 120 de los 608 edificios que monitorea en la Ciudad de México. En 15 casos encontró evidencia pública de admisión de mascotas, ya fuera en el coworking presente en el inmueble o en el propio edificio, según el estrato analizado. En otros seis documentó restricciones y en 99 la información disponible no permitió determinarlo.
La ausencia de información no significa que esos edificios prohíban mascotas, pero sí muestra lo difícil que resulta identificar esta característica en el mercado de oficinas, donde, aun cuando existe una política identificable, pet friendly puede referirse a distintas cosas dependiendo de cada inmueble. En Metrópoli Patriotismo, por ejemplo, el reglamento permite mascotas en las áreas comunes, mientras cada oficina conserva la facultad de decidir si las admite en su interior. En Yama Bosques Santa Fe, en cambio, la característica se atribuye al propio desarrollo, que entre sus amenidades cuenta con un “dog park” interior. En otras palabras, la política puede terminar donde comienza la oficina o extenderse al edificio que la contiene.
En ese sentido, la evidencia encontrada tampoco se distribuyó de manera uniforme entre las distintas categorías de oficinas. En la muestra, la admisión documentada aumentó conforme lo hizo la clase del inmueble, desde 4.5% entre los edificios de clase B hasta 11.3% en los A y 17.8% en los A+. La diferencia fue menor al distinguir entre los inmuebles con y sin coworking, donde alcanzó 15% y 10%, respectivamente. Ninguno de esos resultados permite establecer que la categoría o el coworking expliquen la admisión de mascotas, pero sí identifican dónde apareció con mayor frecuencia dentro de la muestra.
Más allá del acceso
Que las oficinas permitan el acceso de mascotas tiene implicaciones tanto para el inmueble como para quienes trabajan en él. Un estudio realizado entre 749 empleados propietarios de perros encontró que quienes llevaban frecuentemente a sus animales al trabajo reportaban mayor compromiso laboral y calidad de vida que quienes nunca lo hacían. En una escala de cero a seis, el primer indicador alcanzó 4.28 entre los primeros y 3.52 entre los segundos, mientras que la calidad de vida laboral fue de 4.02 y 3.52, respectivamente. Sin embargo, estos resultados no implican que la presencia de los perros haya provocado esas diferencias, ya que una revisión posterior de la evidencia disponible advierte que todavía faltan mediciones objetivas sobre sus efectos en el trabajo.
La incertidumbre sobre esos efectos no elimina, en cambio, las necesidades concretas que aparecen cuando personas y animales comparten el lugar de trabajo. La misma revisión identifica preocupaciones relacionadas con ruido, higiene, alergias, temor a los animales y distracciones, y señala que una política pet friendly también puede requerir áreas libres de mascotas, criterios sobre su comportamiento y reglas que permitan compartir el espacio con quienes prefieren mantenerse alejados de ellas. Además, existe evidencia de que, sin suficiente flexibilidad para atender al animal durante la jornada, esa misma política puede convertirse en una fuente adicional de presión para quien lo lleva.
La forma de resolver esas necesidades puede depender también del propio espacio. El mismo estudio de 749 trabajadores encontró que quienes llevaban frecuentemente a su perro estaban más representados en oficinas de una o dos personas y menos en aquellas de 11 a 20. Los autores plantean en ese sentido que las políticas pet friendly pueden ser más fáciles de implementar en espacios pequeños y señalan que factores como el tamaño del animal y la distribución de la oficina también pueden intervenir en esa convivencia.
La frontera entre una política laboral y una característica inmobiliaria se vuelve entonces menos clara, pues permitir mascotas puede decidirse con una regla, pero mantenerlas durante una jornada implica resolver cómo circulan, dónde permanecen y bajo qué condiciones comparten el espacio con los demás. Y así, en una oficina, pet friendly comienza en la puerta, pero es lo que ocurre después de cruzarla lo que determina hasta dónde el inmueble está preparado para recibirlas.
Para analizar cómo cambian los edificios de oficinas y las características que los diferencian, visita SiiLA Market Analytics o escríbenos a contacto@siila.com.mx.
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¹ SiiLA seleccionó una muestra aleatoria estratificada de 120 edificios entre los 608 inmuebles de oficinas que monitorea en la Ciudad de México, utilizando una semilla reproducible (15092026). La muestra incluyó 60 de los 128 edificios con presencia de coworking y 60 de los 480 sin ella, una asignación desproporcionada destinada a obtener observaciones suficientes de ambos grupos. La investigación se realizó mediante revisión de información pública disponible en internet y búsquedas automatizadas en Python, cuyos resultados fueron posteriormente verificados de forma manual. En el estrato con coworking se evaluó la política del operador presente en cada inmueble y no se atribuyó ésta al edificio en su conjunto; en el estrato sin coworking se exigió evidencia atribuible específicamente al inmueble. Un caso se clasificó como “Sí” sólo ante evidencia explícita de admisión de mascotas y como “No” únicamente ante evidencia explícita de restricción. La ausencia de información suficiente se clasificó como “no determinado” y no como prohibición. Debido a la asignación desproporcionada entre estratos, a las diferencias en la unidad de evidencia examinada y a la elevada proporción de casos no determinados, los resultados describen exclusivamente la evidencia pública identificada en la muestra y no estiman la proporción de edificios pet friendly dentro de los 608 inmuebles monitoreados por SiiLA.








